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| Soledad |
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Ya he puesto mis sucias zarpas tiznadas de negritud en la conciencia, mi conciencia,
harta y asqueada de sentimientos a cobro revertido, donde en algún lugar del desamor la
telefonista impertinente cuantas veces me ha gritado que las líneas están bloqueadas y
con voz siniestra, martirizando mi serenidad, me increpa: «llame usted más tarde».
Tengo la discreción embutida, sin conservantes ni antioxidantes, en un impermeable
amarillo que cuando llueve lo saco a la calle para regocijarme al ver que no cala lo más
mínimo que todo le resbale. En un banco situado ante la puerta de la extroversión, veo
desde mi ventana el cuerpo de mi dejadez reposado y exánime con una leve sonrisa
agridulce bosquejada en los labios que pueril se asoma al umbral. Desde dentro me han
visto y la portera sebosa, de un portazo, me ha pillado los dedos de la indiferencia.
También tengo en mi corazón alquilado que comparto con una amiga, soportándolo a
escote, una puerta falsa por la que me escapo, cuando siento el apretón en forma de
fríos sudores durante esas alboradas de tierna concupiscencia.
Atravieso el umbral de la desdicha a lomos de una amarga morriña y voy galopando
embelesado hasta que se detiene.
Ayer era Martes, el cartero dejó un telegrama de Pilar al borde de mi agonía. Escueto se
leía: «Me voy. Stop. Ya no te aguanto.»
José Ignacio Blas
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