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| A la Luz del Candil |
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Aquella noche, sentí un silencio profundo al pasar bajo la puerta de la
muralla.
De repente la vi cruzando la plaza envuelta en una nubecilla de luz amarillenta. Su
rostro, marcado por el tiempo, aún conservaba una mirada inteligente. Sus vestiduras eran
negras como la noche y su caminar tranquilo.
«Creo que te conozco», la dije. Ella, extrañada, se detuvo ante mí y su respuesta fue
un sólo gesto, me invitó a seguir sus pasos. Me dio la espalda y comenzó a ascender una
calle empedrada camino al cerro.
Sé quien eres y quiero que me cuentes tus secretos, todo lo que sabes de los hombres, de
sus vidas y sus locuras. Eres tú, vendedora de sueños y deseos, conocedora de pócimas y
bebedizos.
Ante mis palabras, sólo una mirada burlona con un destello de amargura, reflejo de la
soledad. Su figura se me desdibujaba, a cada instante, sumergida en aquella débil luz de
aceite que la alimentaba. En un recodo de la calle, un gato, animal de la noche, clavó
una mirada feroz a nuestro paso. Zalamero, se restregó sobre sus vestiduras, conocedor de
su fama y sus quehaceres.
Vieja buhona, tú que atizas el deseo, tú que enredas las vidas y conduces a la
perdición, cuéntame tus secretos. Muéstrame tus pócimas, esas hierbas prohibidas que
confunden el sueño y embaucan el espíritu, esos polvos de amor con que traficas.
De nuevo, mis palabras se estrellaron contra la noche vacía.
Sólo somos pobres mortales, marionetas del deseo, figuras de barro bajo tus pies y tú,
bruja desdentada, engendras esperanza y sólo pares desengaños.
Tú, que tantos conoces, ¿ no tienes un remedio para apagar ese fuego que tanto hiere,
para olvidar ?
Silencio y nada más que silencio en medio de la nada. De pronto, el sonido lejano de la
campana. Te fuiste al doblar aquella esquina, te tragó la oscuridad de aquel bodego, se
te llevó el viento. Yo sigo deseando sin remedio en medio de la noche.
Humphrey.
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