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| Catálogo de Despropósitos |
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Arde la noche al ritmo crepitante de los cometas, los caballeros del asfalto pican sus
estribos a las máquinas de petróleo en viajes suicidas por pistas infinitas hacia el
orgiástico vértigo de la velocidad. Amarran sus monturas con fuertes bridas a las
farolas que iluminan débilmente con un cortinaje, casi misterioso, sus rostros
embriagados y febriles.
Abrevan con despecho y sacian su sed, casi sanguinolenta, en mostradores que hieden a
brebajes extásicos. Insultantes Amazonas y Hercúleos machos, en un ritual de erotismo,
exhiben su pudor a tragos tras el umbral donde alcanzan los enturbiados ojos y el tacto
ansioso se deshace en infructuosos anhelos. Mírame y no me toques, sugestiónate, la
anunciación del final, la mutilación de los sentidos, es el reino triunfante de la
fantasía pútrida, la atrofia de la imaginación, un reducto de impulsos primarios,
vitales, cavernarios. Nos dejan un muñón descarnado y sólo podemos y nos queda
arrastrarnos hasta que las yagas oraden el vientre y exangüe ilumine el último parto, el
bastardo vacuo que nos queda y maúlla y llorisquea.
Es el alumbramiento putativo que acogeremos en la tribu salvaje en nuestro aparthead,
crearemos el producto que deseamos, pobre bestia, bruto privado pre-juris de su
libertad.
Me queda telecinco y la guerra en directo de Yugoslavia fuera de este pavoroso sueño,
también queda la cotización de la peseta, la estabilidad del dólar, los moros del
Estrecho, las hordas racistas y bárbaras del este, la hambruna del África negra, los
niños del Brasil, etc, etc, etc.
Que terrible contradicción me sacude. Soy, creo, sujeto pasivo, pienso activo, soy peón
de los paraísos nórdicos, quien me mueve, no existe la revolución, me identifico. El
incesto del conformismo y la rebelión que vienen a ser lo mismo, esta estúpida manía
circular, como decía el cantautor, fin y principio suman lo mismo.
José Ignacio Blas
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