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nº 12 Agosto 1993
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nº 12 Agosto 1993

Epitafios

Son esas mañanas a las que uno le apetece pasearse lentamente por los grandes cementerios. Me gusta perderme y encontrarme por entre los mausoleos y asomarme con curiosidad a las inscripciones que parecen abandonadas en las marmóreas lápidas.
Confluyen en los cementerios todos los campos de fuerzas que nos traen el futuro, las fuerzas que nos llevan al pasado y las que nos recuerdan el presente, un campo de magnitudes que nos rodea, nos embarga y saca a flor de piel los sentimientos más trágicos de nuestra vida. Recuerdo el silencio de los cementerios como el canto de las sirenas, ese silencio crepuscular; nos martiriza, nos crea un vacío, llama a nuestro corazón para que le dejemos pasar, estamos en la morada donde el principio es el fin, donde únicamente podremos encontrar el mínimo sentido a nuestra existencia.
La gente humilde acepta con resignación su última morada y a la entrada de su sepulcro figura únicamente su nombre y lo más importante, la fecha en que vio la luz y la fecha en la que ingresó en el cementerio, es el único dato que sobrevive a la muerte, el tiempo, no importa nada más, sólo el tiempo que vivimos fuera del cementerio y el tiempo que llevamos viviendo en él, es la única referencia trágica y trascendental que tiene importancia, o al menos así debiera ser.
Hay otros sepulcros o tumbas que yo llamo de los insatisfechos, aquellos que su vida no les ha parecido lo suficientemente larga y pesadumbrosa, aquellos de que, a pesar aún en vida, han sido lo suficientemente singulares o famosos que además pretenden seguir imponiendo su estrellato en estos cotos donde precisamente dejamos de ser Fulanito y Menganito y únicamente nos reconocemos como pasto de la muerte. Son esos mausoleos en los que se levanta una estatua, un busto y bajo el monumento aún figura una descripción o epitafio, ¡qué vulgaridad, por favor! Un cementerio es sitio de reflexión, del sentido de la vida o la muerte, del tiempo. Hamlet no elegiría la calavera de un famosillo, elegiría cualquiera al azar. Sólo interesa el ser o no ser, en cambio, con estos monumentillos y epitafios parece como si en esta gran ciudad siguiésemos tan frescos como en vida, como si recordásemos que somos un cadáver con privilegios, es decir, ¡yo sobrevivo a los tiempos y mi calavera seguirá siendo mucho más noble que cualquier otra y de ser o no ser, nada de nada, exclusivamente admito fui y seré!
Esto, queridos, sólo es propio de esquizofrénicos e hipocondríacos. Tan sólo a Carlos Marx se le podría ocurrir grabarse como epitafio aquello de «proletarios del mundo, uníos...» ¡Ay, que depre, Dios mío!, es como una advertencia de ultratumba, como avisando ¡ojito, que os lo dice un muerto!, y eso ya se sabe, es como una letanía. Y como dijo un poeta: ¡qué ha de decir un muerto!

José Ignacio Blas


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