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| Epitafios |
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Son esas mañanas a las que uno le apetece pasearse lentamente por los grandes
cementerios. Me gusta perderme y encontrarme por entre los mausoleos y asomarme con
curiosidad a las inscripciones que parecen abandonadas en las marmóreas lápidas.
Confluyen en los cementerios todos los campos de fuerzas que nos traen el futuro, las
fuerzas que nos llevan al pasado y las que nos recuerdan el presente, un campo de
magnitudes que nos rodea, nos embarga y saca a flor de piel los sentimientos más
trágicos de nuestra vida. Recuerdo el silencio de los cementerios como el canto de las
sirenas, ese silencio crepuscular; nos martiriza, nos crea un vacío, llama a nuestro
corazón para que le dejemos pasar, estamos en la morada donde el principio es el fin,
donde únicamente podremos encontrar el mínimo sentido a nuestra existencia.
La gente humilde acepta con resignación su última morada y a la entrada de su sepulcro
figura únicamente su nombre y lo más importante, la fecha en que vio la luz y la fecha
en la que ingresó en el cementerio, es el único dato que sobrevive a la muerte, el
tiempo, no importa nada más, sólo el tiempo que vivimos fuera del cementerio y el tiempo
que llevamos viviendo en él, es la única referencia trágica y trascendental que tiene
importancia, o al menos así debiera ser.
Hay otros sepulcros o tumbas que yo llamo de los insatisfechos, aquellos que su vida no
les ha parecido lo suficientemente larga y pesadumbrosa, aquellos de que, a pesar aún en
vida, han sido lo suficientemente singulares o famosos que además pretenden seguir
imponiendo su estrellato en estos cotos donde precisamente dejamos de ser Fulanito y
Menganito y únicamente nos reconocemos como pasto de la muerte. Son esos mausoleos en los
que se levanta una estatua, un busto y bajo el monumento aún figura una descripción o
epitafio, ¡qué vulgaridad, por favor! Un cementerio es sitio de reflexión, del sentido
de la vida o la muerte, del tiempo. Hamlet no elegiría la calavera de un famosillo,
elegiría cualquiera al azar. Sólo interesa el ser o no ser, en cambio, con
estos monumentillos y epitafios parece como si en esta gran ciudad siguiésemos tan
frescos como en vida, como si recordásemos que somos un cadáver con privilegios, es
decir, ¡yo sobrevivo a los tiempos y mi calavera seguirá siendo mucho más noble que
cualquier otra y de ser o no ser, nada de nada, exclusivamente admito fui y
seré!
Esto, queridos, sólo es propio de esquizofrénicos e hipocondríacos. Tan sólo a Carlos
Marx se le podría ocurrir grabarse como epitafio aquello de «proletarios del mundo,
uníos...» ¡Ay, que depre, Dios mío!, es como una advertencia de ultratumba,
como avisando ¡ojito, que os lo dice un muerto!, y eso ya se sabe, es como una letanía.
Y como dijo un poeta: ¡qué ha de decir un muerto!
José Ignacio Blas
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