|





























| |
| Con sus Años...¡Qué os Cuenten! |
 |
Si os dijera que cuando hablo con él intento darme un aire de responsabilidad, de
madurez, de simpatía, y de otros valores que pueden no caracterizarme, no deberíais
pensar por ello que he ahogo en pozos de hipocresía. Lo que sucede es que él me inspira
respeto y cariño y ambos conceptos se funden en un gesto de ternura y tolerancia.
Como tenemos mutua confianza a menudo charlamos e intercambiamos criterios, su extremada
edad y mi jovial adolescencia raramente suelen comprenderse, él siente miedo porque yo
monte en moto y no logra entender qué tienen las discotecas para tenernos tan atrapados,
siente pánico por los coches y me pregunta por qué hemos hecho del día la noche, yo
intento contestarle pero mis torpes respuestas junto a su clásica forma de ver la vida no
le ayudan a comprenderme.
Todos intentamos que él lleve una vida despreocupada y hacemos lo imposible por evadirle
de cualquier responsabilidad, pero él intenta eludir nuestras buenas intenciones y
pretende demostrarnos que los años no han acabado con su valía, es por ello, que se
desvive por cualquier problema que carezca de importancia, me dice que si no se buscara
sus propias ocupaciones se sentiría un viejo inútil y aburrido.
Como tengo por costumbre comer bastante poco, la mayoría de los días que lo hago en su
casa suelo dejarme la comida en el plato, entonces él me cuenta las penurias que pasaban
en tiempos pasados para mascar siquiera un pedazo de pan y suele reprocharme el no haber
tenido hambre de guerra. A veces me pregunto cuando le digo que traigo hambre si no sería
mejor decir solamente apetito.
No obstante, noto en él síntomas de sumisión, me dice en un tono gruñón que como es
viejo nadie presta importancia a lo que dice y a menudo me reprocha no dedicarle parte del
tiempo que paso con los amigos a estar con él para saber de mi vida, esto me hace
pensar, que tal vez me hubiera agradecido más estar haciéndole compañía el tiempo que
tardé en escribir éste relato.
Se enfada conmigo de manera sorprendente cuando mi boletín de notas no refleja lo que él
hubiera esperado de mi, me acusa de haberle decepcionado y de no haber aprovechado mis
facultades para haber sacado unas notas satisfactorias, suele echarme en cara que soy un
niño privilegiado al que hasta hoy se lo han dado todo y por ello resta importancia a los
estudios y no se esfuerza para el día de mañana. Entonces siento rabia, pero soy incapaz
de contestar a sus palabras porque percibo algo en sus ojuelos que me dice que no ha de
faltarle la razón.
Noto en él un afán excesivo por el ahorro, aprovecha cualquier prenda que aún pueda ser
de utilidad y nunca estrena la boina nueva aunque la que cubra su cocorota dé ya la
sensación de gastada, sucia y milenaria. El me dice, que hay que guardar para cuando
falte.
Posiblemente, os estéis preguntando quién es él, llamadlo Ramón, llamadlo Pedro, al
fin y al cabo el nombre es lo que menos importa, seguirá siendo ese viejo con el pellejo
arrugado y el pelo canoso que confiesa estar preocupado por mi futuro. Por ello, yo
intento darle confianza y pretendo que esté orgulloso de mí, y él me dice que tengo
buenos sentimientos, pero que en esta vida hace falta, además, esforzarse en el trabajo.
Víctor Gil
|