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nº 12 Agosto 1993
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nº 12 Agosto 1993

Cuestión de Fe

Mortalmente preocupados debían sentirse los clérigos de a bordo el día en que Colón descubrió América. Les debió pillar de sorpresa aquellas religiones paganas y primitivas que aún utilizaban el sacrificio humano como ofrenda a sus dioses. Difícil iba a ser la tarea de evangelizar a todos aquellos salvajes de piel roja que, en cambio, aventajaban en muchas cosas al civilizado mundo occidental.
Quiero deciros con esto, que desde la aparición del hombre a la vida, ( hablamos de tiempos remotos ) el ser humano, por muy aislado que haya podido encontrarse, siempre ha necesitado creer en un Dios todopoderoso (si no son varios como sucedía con las religiones politeístas durante la época de esplendor del Imperio Romano). Hablamos de un SER SUPREMO capaz de proporcionar al hombre protección y garantizar al mismo la vida eterna, bien por reencarnaciones, bien fuera del mundo terrenal.
Es por ello, que cuando empezaron a llegar misioneros al continente americano dispuestos a afrontar aquel complicado proceso de evangelización que iban a pagar a menudo con sus vidas, no tuvieron al menos que enfrentarse contra una estridente fuerza de ateísmo que posiblemente hubiera convertido en vanidosos sus esfuerzos.
Durante milenios, se han ido sucediendo disparatadas guerras santas que escondían tras de sí intereses políticos y que sólo iban a acondicionar la hegemonía de una Iglesia sobre otra.
La corriente homocentrista que situaba al hombre como eje principal de este mundo junto al tópico del Carpe diem que apostaban por vivir aprovechando esa vida corta y pasajera, ya azotaron a la Iglesia de la vieja Europa que, en cambio, siguió sin tener que enfrentarse con las bases del ateísmo. La herejía no es sino una desviación en la interpretación de las Santas Escrituras o una negación respecto a un dogma de fe proclamado por la Santa Sede. El paganismo no es sino encontrar a Dios dentro de otra religión que no sea la propia. El clericalismo no fue sino intentar prestigiar a la clerecía dándola una visión de acercamiento a Dios, aunque se tratara como hoy, de seres tan humanos como falibles con la obligación de consagrar su vida al servicio de Dios. De absurdas calificaría las medidas tomadas por la Iglesia refiriéndome a la Inquisición, a las Santas Cruzadas o las Guerras Santas si con antelación no tuviera en cuenta la mentalidad de la época.
Quien de verdad si debía estar loco, era nuestro querido Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), que aún hoy hubiera tenido problemas con la Iglesia Católica (tómenlo como una modesta opinión) publicando su libro de Buen Amor aún rozando las puertas del siglo XXI.
Esperemos, mis queridos lectores, que las Iglesias modernas sepan al menos diezmar tanta intransigencia religiosa y moralismo suelto.
Fue la revolución marxista junto al pensamiento racionalista del siglo XIX los que más castigaron la credibilidad hacia la existencia de un ser supremo. La corriente racionalista, que niega todo lo que no pueda fundamentarse a través de la razón , encontraba en el fenómeno religioso un hecho inexplicable y afirmaba, sin vacilar un momento que Dios era pura invención del hombre y cuya existencia era falsa.
Una de las corrientes filosóficas de aquella época, se atrevía a decir que el hombre creía en Dios porque era demasiado cobarde como para aceptar su muerte. Lo cierto es que es en los momentos difíciles cuando los inciertos creyentes se acuerdan de Dios, por ello no voy a decir que esa afirmación sea cierta, pero sí que no le falta fundamento. Son muchas las personas que se convierten en el lecho de la muerte tras haber estado toda una vida negando a Dios.
La Iglesia encontró una rígida defensa frente al movimiento racionalista reprochando a éste el que la ciencia tampoco explicaba nada acerca de los orígenes del mundo, era todo cuestión de fe.
El problema radica en que la ciencia no es capaz de explicar la creación del universo y en las religiones todo lo que no se puede explicar y se tiene que creer se llama fe. No creo que debamos tachar de cobardes a los creyentes ni de incrédulos a los ateos.
Voy a intentar ser imparcial al respecto, así que permítanme expresarme en condicional. En el caso de que Dios existiera está claro de que éste se manifestaría a través de los hombres, así que si queremos arreglar este mundo intentemos ser éticos, porque deberemos convivir en un mutuo respeto, no llamar cobarde al que de buena fe cree en Dios ni ser intransigente con el ateo pensando que si sus acciones no se mueven por el camino de Dios, no han de tener de verdad buenas intenciones.
El ser humano ha de regir su ética sin esperar ninguna recompensa. La cuestión es creer o no creer en Dios. A mi parecer, la religión no ha de importar demasiado. Hay tantas religiones en el mundo que ser de una o de otra sólo depende de tu lugar de nacimiento y de la familia con la que te hayas educado. Es preocupante que desde la niñez se te inculque una educación religiosa de la que sólo durante tu adolescencia o tu madurez puedes tomar conciencia.
Espero no haber despertado la curiosidad de mis lectores acerca de mis creencias religiosas. Por no sentirme culpable les diré que es un tema que aún no tengo muy madurado, intento tener la conciencia tranquila en todo lo que hago y no soy capaz de rechazar a Dios ni de hacer de él la principal motivación de mi vida. Supongo que intento rechazar todo lo que me enseñaron al respecto durante mi inocente niñez e intento cultivar por mi mismo eso que llaman fe.
Y es que, amigos míos, como ya he mencionado antes, todo es cuestión de fe.

Víctor Gil


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