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nº 14 Agosto 1994
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nº 14 Agosto 1994

Ensueños

Y, en el fondo, tan sólo soy un predicador de esos que de vez en cuando dictaminan justicia para esconder o, cuando menos, disfrazar su propia vergüenza.
Pero es que a uno le entran aires de culpabilidad cuando lee en los titulares del primer periódico que cae en sus manos tantos y tantos avatares de la vida, tales como Ruanda, Sarajevo y otras vicisitudes del tercer mundo, y claro, un servidor ante estas nuevas (que no buenas) se atavía con careta de humildad y suelta por su boca multitud de ironías y falacias.
Dice el artículo primero del tratado de los derechos humanos que todos los hombres nacen iguales en derechos y deberes. ¡Bárbara utopía! Porque en lo referido a este aspecto, a mí me parece que la única similitud que pudo guardar conmigo uno de esos cuerpos desnutridos o mutilados en el momento de nacer fue que los dos nacimos desnudos y, que seguramente, los dos rompimos a llorar después de que alguien nos propinara el primer azote.
Luego llega la hora de comer. Una vez más, la caja tonta se empeña en servirme de primer plato crueldades varias de la guerra, desfilan por mis narices hambrientos negritos que parecen ansiar el muslo de pollo que espera sumiso mi primera dentellada, y qué quieren que les diga, a lo mejor soy un insensible, pero no se me quita el apetito y el primer plato siempre me lo como con patatas.
Llegado este punto empiezo a preocuparme, no me puedo perdonar permanecer impasible ante las fatalidades de este mundo, entonces me vuelvo hipócrita, tan hipócrita que llego a olvidar mi propia condición y me creo Peter Pan en el país de Nunca Jamás.
Después de lo dicho viene a torturarme el vecino del sexto, bajito, calvo y barrigudo, luce bigote hitleriano y suelta un aliento a tabacazo que podría echar atrás a un regimiento de legionarios, siempre anda cabreado porque la mala hacienda le va recortando el presupuesto a la fábrica de tachuelas que fundó su tatarabuelo y que, para más colmo, es su único orgullo, por eso idolatriza el libre mercado; al fin y al cabo, otro en su posición haría lo mismo. Así es el hombre, siempre barriendo para casa, aunque el dinero negro se le salga por las orejas.
Bueno, como yo no tengo dinero tampoco tengo necesidad de preocuparme en este sentido. Dicho bruscamente prefiero seguir siendo un hipócrita en un país de ricos que un mutilado o un muerto de hambre, pero la conciencia, mi conciencia...
¿Saben? Acabo de plantearme seriamente el problema de seguir siendo un hipócrita por el resto de mis días, y he decidido que prefiero tener limpia mi conciencia, así que a partir de hoy me comprometo a ser consecuente con mis argumentos y cooperar en la medida de lo posible para conseguir un mundo mejor y... ¡“Joer”! No me queda ni un Marlboro y he vuelto a mancharme de Coca-Cola los Levi´s nuevos.

Víctor Gil.


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