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| Ensueños |
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Y, en el fondo, tan sólo soy un predicador de esos que de vez
en cuando dictaminan justicia para esconder o, cuando menos,
disfrazar su propia vergüenza.
Pero es que a uno le entran aires de culpabilidad cuando lee en
los titulares del primer periódico que cae en sus manos tantos y
tantos avatares de la vida, tales como Ruanda, Sarajevo y otras
vicisitudes del tercer mundo, y claro, un servidor ante estas
nuevas (que no buenas) se atavía con careta de humildad y suelta
por su boca multitud de ironías y falacias.
Dice el artículo primero del tratado de los derechos humanos que
todos los hombres nacen iguales en derechos y deberes. ¡Bárbara
utopía! Porque en lo referido a este aspecto, a mí me parece
que la única similitud que pudo guardar conmigo uno de esos
cuerpos desnutridos o mutilados en el momento de nacer fue que
los dos nacimos desnudos y, que seguramente, los dos rompimos a
llorar después de que alguien nos propinara el primer azote.
Luego llega la hora de comer. Una vez más, la caja tonta se
empeña en servirme de primer plato crueldades varias de la
guerra, desfilan por mis narices hambrientos negritos que parecen
ansiar el muslo de pollo que espera sumiso mi primera dentellada,
y qué quieren que les diga, a lo mejor soy un insensible, pero
no se me quita el apetito y el primer plato siempre me lo como
con patatas.
Llegado este punto empiezo a preocuparme, no me puedo perdonar
permanecer impasible ante las fatalidades de este mundo, entonces
me vuelvo hipócrita, tan hipócrita que llego a olvidar mi
propia condición y me creo Peter Pan en el país de Nunca
Jamás.
Después de lo dicho viene a torturarme el vecino del sexto,
bajito, calvo y barrigudo, luce bigote hitleriano y suelta un
aliento a tabacazo que podría echar atrás a un regimiento de
legionarios, siempre anda cabreado porque la mala hacienda le va
recortando el presupuesto a la fábrica de tachuelas que fundó
su tatarabuelo y que, para más colmo, es su único orgullo, por
eso idolatriza el libre mercado; al fin y al cabo, otro en su
posición haría lo mismo. Así es el hombre, siempre barriendo
para casa, aunque el dinero negro se le salga por las orejas.
Bueno, como yo no tengo dinero tampoco tengo necesidad de
preocuparme en este sentido. Dicho bruscamente prefiero seguir
siendo un hipócrita en un país de ricos que un mutilado o un
muerto de hambre, pero la conciencia, mi conciencia...
¿Saben? Acabo de plantearme seriamente el problema de seguir
siendo un hipócrita por el resto de mis días, y he decidido que
prefiero tener limpia mi conciencia, así que a partir de hoy me
comprometo a ser consecuente con mis argumentos y cooperar en la
medida de lo posible para conseguir un mundo mejor y...
¡Joer! No me queda ni un Marlboro y he vuelto a
mancharme de Coca-Cola los Levi´s nuevos.
Víctor Gil.
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