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| Editorial |
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Un inquieto grupo de jóvenes ocupan un banco azul; frente a
ellos una pared solitaria en la que se apoya una mesa, la cual
soporta un papel con un proyecto, una esperanza, una ilusión. El
cenicero es el primer centro de atención, todos coinciden. Éste
ya tiene saciada la mitad de su capacidad, aunque su futuro
parece claro: ¡acabará desbordándose! Parece que se ha
expuesto un proyecto y en sus caras se reflejan las reacciones:
primero la ilusión, luego comienza el desconcierto, parece que
vuelve la ilusión, pero en el último momento entran en
conciencia y vuelven a la realidad: que bonito sería, pero
¿tendrán aquella agradable compañía que se llama
colaboración? Ésta podría ser la descripción fotográfica de
un grupo de personas desconcertadas sobre el sentido de su
trabajo. Admiran las formas agradables y democráticas con las
que toda comunidad se debe regir; admiran la iniciativa, la
flexibilidad y el arte de dialogar. Pero también y sobre todo se
llenan de satisfacción cuando logran ver la sonrisa de un niño
o ven a un grupo de personas entusiasmadas, desdeñando sus
problemas cotidianos.
Sin embargo, una asociación cultural no tiene porqué ser una
marioneta en la que recaigan todas o gran parte de las
responsabilidades, que si bien deberían ir dirigidas a otras
personas o instituciones, éstas eluden hacia entidades más
frágiles económica y jurídicamente hablando, por alguna razón
que desconocemos o por lo menos así lo queremos.
Una asociación debe luchar en pro de la cultura, el servicio
desinteresado, el bienestar, la claridad, la sencillez, la
justicia, la ilusión, la esperanza, la sonrisa de ese niño,
pero nunca en realizar actividades que no son de su competencia.
Cuando, por ejemplo, un grupo de trabajadores viene a desarrollar
su tarea en un festival medieval como es el de Hita deberían
tener las cosas claras y estudiadas con aquellos que les envían
y no involucrar en una tarde agobiante de trabajo a otras
personas que quieren y pueden dar una colaboración importante,
pero en lo que a ellos les compite. Luego, la foto tiene dos
partes: los que se llevan los laureles y la sombra. Pues bien, a
la Asociación Cultural no es que le moleste estar a la sombra
sino que sencillamente no le interesa estar en ningún lugar de
dicha foto, sino hacer lo que a una Asociación le corresponde.
No le interesa estar en la sombra porque no lo merece pero
tampoco en los laureles porque no es su fin.
Cambiando de tema, este pueblo necesita iniciativas, ilusiones,
sensaciones para enriquecer los espíritus de todas las personas
con aires frescos y de juventud. Pero aires de juventud como
verdaderamente son y no como un sector de personas, empeñadas en
reseñar aspectos equívocos sobre la juventud (incluso algunas
personas en declaraciones en plenos públicos) criticando con
afirmaciones como, por ejemplo, la dedicación en el único
centro social que posee el pueblo a fumar porros y a la
pornografía. Que sepamos nadie puede afirmar dichas calumnias
porque nadie con sentido de la responsabilidad de sus palabras
puede expresar públicamente cosas que no ha visto. Si de verdad
la juventud es tan mala como dicen que busquen, comparen y si
encuentran algo mejor que lo traigan. Desde luego que si jugar al
trivial, al parchís, comer pipas y entablar diálogos y
conversaciones (todo esto bajo la salvaguarda de las inclemencias
del tiempo) es desacertado, más desacertadas son declaraciones
como aquellas que dicen que en el centro social lo único que se
hace son cosas malignas y gastar luz. ¿Creen ustedes que un
lugar donde se reúne un gran número de jóvenes, que conviven y
luchan por la vida, puede valer menos que unos cuantos duros que
se consumen de luz?
En fin, en este año de elecciones, mundiales, continuos
conflictos internacionales una junta directiva como la de la
Asociación tiene el propósito de aprender, enseñar, dar y
recibir, porque una junta directiva es condición necesaria para
el funcionamiento de una asociación, pero no suficiente.
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