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nº 14 Agosto 1994
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nº 14 Agosto 1994

Editorial

Un inquieto grupo de jóvenes ocupan un banco azul; frente a ellos una pared solitaria en la que se apoya una mesa, la cual soporta un papel con un proyecto, una esperanza, una ilusión. El cenicero es el primer centro de atención, todos coinciden. Éste ya tiene saciada la mitad de su capacidad, aunque su futuro parece claro: ¡acabará desbordándose! Parece que se ha expuesto un proyecto y en sus caras se reflejan las reacciones: primero la ilusión, luego comienza el desconcierto, parece que vuelve la ilusión, pero en el último momento entran en conciencia y vuelven a la realidad: que bonito sería, pero ¿tendrán aquella agradable compañía que se llama colaboración? Ésta podría ser la descripción fotográfica de un grupo de personas desconcertadas sobre el sentido de su trabajo. Admiran las formas agradables y democráticas con las que toda comunidad se debe regir; admiran la iniciativa, la flexibilidad y el arte de dialogar. Pero también y sobre todo se llenan de satisfacción cuando logran ver la sonrisa de un niño o ven a un grupo de personas entusiasmadas, desdeñando sus problemas cotidianos.
Sin embargo, una asociación cultural no tiene porqué ser una marioneta en la que recaigan todas o gran parte de las responsabilidades, que si bien deberían ir dirigidas a otras personas o instituciones, éstas eluden hacia entidades más frágiles económica y jurídicamente hablando, por alguna razón que desconocemos o por lo menos así lo queremos.
Una asociación debe luchar en pro de la cultura, el servicio desinteresado, el bienestar, la claridad, la sencillez, la justicia, la ilusión, la esperanza, la sonrisa de ese niño, pero nunca en realizar actividades que no son de su competencia. Cuando, por ejemplo, un grupo de trabajadores viene a desarrollar su tarea en un festival medieval como es el de Hita deberían tener las cosas claras y estudiadas con aquellos que les envían y no involucrar en una tarde agobiante de trabajo a otras personas que quieren y pueden dar una colaboración importante, pero en lo que a ellos les compite. Luego, la foto tiene dos partes: los que se llevan los laureles y la sombra. Pues bien, a la Asociación Cultural no es que le moleste estar a la sombra sino que sencillamente no le interesa estar en ningún lugar de dicha foto, sino hacer lo que a una Asociación le corresponde. No le interesa estar en la sombra porque no lo merece pero tampoco en los laureles porque no es su fin.
Cambiando de tema, este pueblo necesita iniciativas, ilusiones, sensaciones para enriquecer los espíritus de todas las personas con aires frescos y de juventud. Pero aires de juventud como verdaderamente son y no como un sector de personas, empeñadas en reseñar aspectos equívocos sobre la juventud (incluso algunas personas en declaraciones en plenos públicos) criticando con afirmaciones como, por ejemplo, la dedicación en el único centro social que posee el pueblo a fumar porros y a la pornografía. Que sepamos nadie puede afirmar dichas calumnias porque nadie con sentido de la responsabilidad de sus palabras puede expresar públicamente cosas que no ha visto. Si de verdad la juventud es tan mala como dicen que busquen, comparen y si encuentran algo mejor que lo traigan. Desde luego que si jugar al trivial, al parchís, comer pipas y entablar diálogos y conversaciones (todo esto bajo la salvaguarda de las inclemencias del tiempo) es desacertado, más desacertadas son declaraciones como aquellas que dicen que en el centro social lo único que se hace son cosas malignas y gastar luz. ¿Creen ustedes que un lugar donde se reúne un gran número de jóvenes, que conviven y luchan por la vida, puede valer menos que unos cuantos duros que se consumen de luz?
En fin, en este año de elecciones, mundiales, continuos conflictos internacionales una junta directiva como la de la Asociación tiene el propósito de aprender, enseñar, dar y recibir, porque una junta directiva es condición necesaria para el funcionamiento de una asociación, pero no suficiente.


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