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| La Vida Boba |
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E1 reloj consistorial permanece estático. Sus dos
punteros hacen pensar que el tiempo se ha detenido, durante cincuenta y nueve
segundos, ni uno más ni uno menos; después, sin compasión, cultiva nuestra
desesperanza robándonos un nuevo minuto, y así se nos va la vida boba y se
agolpan los recuerdos -tic-tac, tic-tac- en su rebobinar nostálgico.
Acaso rememoro la casa de los abuelos, el colchón de lana y el Pepe Grillo de
goma con quien solía compartir alcoba; acaso la polilla loca dando vueltas a la
vieja lámpara o el ruido de la carcoma haciendo estragos en el armario...
No sé si el pueblo ha perdido vitalidad o sencillamente padezco el
aletargamiento de quien ha perdido la niñez. Recordaré a Hita como el lugar
que me permitió desarrollar mi personalidad de niño con absoluta libertad, de
manera casi anárquica, sin el atontamiento de la hiperprotección progenitora
que provocan las grandes urbes.
Tic-tac, tic-tac. Acaso la mula vieja con su séquito de
moscas, la cochina en la corte, la gallina con su cocorocó, su corona y su
andar de reina, la cabra que llevábamos al pastor y que se cuidaba de volver
sola triscando una canción al son de su esquila, el olor a leña quemada.
Aún recuerdo las riñas de la abuela -cuando aún era incapaz de vencer mi
timidez con un sonrojo- porque fuese a que me ajuntase la cuadrilla.
Tic-tac, tic-tac. Los partidos de fútbol en las eras, los de chapas en la calle
con el chapín estrella, nuestra época de monaguillos y
el olor a incienso y vela, las correrías a los perdigones -perdonen los
cazadores- que siempre acababan en tragedia, el pichón enjaulado cada cual el
propio- que cebábamos con mimo por ver quién le llenaba más el buche, las
piedras del castillo que con la mayor inconsciencia hacíamos rodar del cerro a
la carretera, y cosas varias que me callo aunque no pasen
de travesuras porque no haya quien se ofenda...
Tic-tac, tic-tac. El minutero no perdona y acaso sin darnos cuenta abandonamos
las bicicletas junto a las desdentadas horcas. Nuestra vida de "pequeños
bárbaros" dio paso a la época motera, a remontar caminos y morder polvo,
al beso del primer amor, al pavazo, a los primeros cigarrillos, al "yesterday",
y luego a la vida boba.
Tic-tac, tic-tac. No sé, no sé. Por las calles ya no diviso las viejas
enlutadas ni encuentro quien me salude con una sola vocal. Da
la impresión de que el pueblo ha envejecido en quince anos mas que en mil años
de historia; o tal vez el pueblo siga igual que siempre y sea la vida boba la
que me llena de letargo. Acaso las eternas tardes de los domingos y el
traicionero reloj me permitan sumergirme en los recuerdos y caer en tal
ensimismamiento que siempre acabe por perder las llaves, que siempre encuentro,
porque siempre estoy en los mismos lados. Tic-tac, tic-tac.
El reloj nos engaña porque no da los segundos, pero no tiene la culpa de que
corran los tiempos.
Víctor Gil Moraleda
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