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nº 17 Dic. 1999
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nº 17 Diciembre 1999

La Vida Boba

E1 reloj consistorial permanece estático. Sus dos punteros hacen pensar que el tiempo se ha detenido, durante cincuenta y nueve segundos, ni uno más ni uno menos; después, sin compasión, cultiva nuestra desesperanza robándonos un nuevo minuto, y así se nos va la vida boba y se agolpan los recuerdos -tic-tac, tic-tac- en su rebobinar nostálgico.
Acaso rememoro la casa de los abuelos, el colchón de lana y el Pepe Grillo de goma con quien solía compartir alcoba; acaso la polilla loca dando vueltas a la vieja lámpara o el ruido de la carcoma haciendo estragos en el armario...
No sé si el pueblo ha perdido vitalidad o sencillamente padezco el aletargamiento de quien ha perdido la niñez. Recordaré a Hita como el lugar que me permitió desarrollar mi personalidad de niño con absoluta libertad, de manera casi anárquica, sin el atontamiento de la hiperprotección progenitora que provocan las grandes urbes.

Tic-tac, tic-tac. Acaso la mula vieja con su séquito de moscas, la cochina en la corte, la gallina con su cocorocó, su corona y su andar de reina, la cabra que llevábamos al pastor y que se cuidaba de volver sola triscando una canción al son de su esquila, el olor a leña quemada.
Aún recuerdo las riñas de la abuela -cuando aún era incapaz de vencer mi timidez con un sonrojo- porque fuese a que me ajuntase la cuadrilla.
Tic-tac, tic-tac. Los partidos de fútbol en las eras, los de chapas en la calle con el chapín
estrella, nuestra época de monaguillos y el olor a incienso y vela, las correrías a los perdigones -perdonen los cazadores- que siempre acababan en tragedia, el pichón enjaulado cada cual el propio- que cebábamos con mimo por ver quién le llenaba más el buche, las piedras del castillo que con la mayor inconsciencia hacíamos rodar del cerro a la carretera, y cosas varias que me callo aunque no pasen de travesuras porque no haya quien se ofenda...
Tic-tac, tic-tac. El minutero no perdona y acaso sin darnos cuenta abandonamos las bicicletas junto a las desdentadas horcas. Nuestra vida de "pequeños bárbaros" dio paso a la época motera, a remontar caminos y morder polvo, al beso del primer amor, al pavazo, a los primeros cigarrillos, al "yesterday", y luego a la vida boba.
Tic-tac, tic-tac. No sé, no sé. Por las calles ya no diviso las viejas enlutadas ni encuentro quien me salude con una sola vocal.
Da la impresión de que el pueblo ha envejecido en quince anos mas que en mil años de historia; o tal vez el pueblo siga igual que siempre y sea la vida boba la que me llena de letargo. Acaso las eternas tardes de los domingos y el traicionero reloj me permitan sumergirme en los recuerdos y caer en tal ensimismamiento que siempre acabe por perder las llaves, que siempre encuentro, porque siempre estoy en los mismos lados. Tic-tac, tic-tac. El reloj nos engaña porque no da los segundos, pero no tiene la culpa de que corran los tiempos.

Víctor Gil Moraleda

 


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