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nº 17 Dic. 1999
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nº 17 Diciembre 1999

Son de Corazón

Llega la luz a bañar tu cuerpo, se queman mis manos en la fragua de tu vientre, tus labios frescos se abren en un temblor de deseo. Son tus suspiros la suave brisa que mi playa azota, ojos febriles como el mar, persiguiendo el agua. Tu beso es el celo, la dentellada salvaje de las ganas. Esto tengo, tu perfil labrado, y en el aire trazo la suave línea que marca la frontera donde te asedio, el combate carnal de los extremos, para el alma tengo el pan de tus caricias que comulgo.
Quedará mi cuerpo, para siempre, en la trinchera de tu lecho, muerto de recuerdos, anudado suavemente con el hilo frágil que teje el tacto, acompañado de tu ruido, el golpe hueco de tus latidos que llaman en mi pecho. Y mirarnos sin vemos, si acaso el brillo de la mirada cómplice que invita a no esquivarla y a dormirse plácidamente en la cuna de tus pestafías; juntar las bocas y recordar el sabor del olvido, sin querer saber que hay otro mundo donde la verdad es un cuchillo que la mentira empuña. Vivir este amor que nos aborda y golpea enfurecido y que se apaga y agota, que resurge y quema, este amor bravío, este amor sereno, este amor tan absoluto. Hablo y no digo nada, callo y lo digo todo; cuantos lenguajes, cuanto corazón y cuanta sangre hay en estas letras, cómo se atora el deseo aquí ... en la garganta, cómo el manantial rompe la tierra y las flores rasgan en los valladares. Que borrachera de palabras que se van atropellando y lo encierran todo, que sensación tan leve saber que el alma dicta desde la cabeza. Ensueño tan ligero y fugaz de ver acariciar la pluma a la cuartilla como el beso a los labios que le esperan, la mirada a los ojos que le miran, me vigilas como a una presa, me dejo perseguir y lo sabes, por eso me buscas en cada gesto; tu nariz, en un reflejo nervioso, hinche sus cañones siguiéndome el rastro. Me gustan tus brazos al cielo, por si vuelo. ¡Tus ojos! Que arrebatadora vida, que expresión tan perfecta, guardo tu cuerpo en el recuerdo que no deja de ocupar el espacio en que te habito; tu imagen y tus huellas permanecen veladas en todos mis sentidos y en las cosas que gobierno.
Nómbrame con tu voz de miel y agua para mecerme en la lira de tu canción, necesito pronunciar tu nombre para saber que estoy vivo; si existes, existo...

José Ignacio Blas


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