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| Manantiales |
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En la década de los cincuenta, cuando los tractores no habían hecho su
aparición, existía un número de caballerías con las que se realizaban los trabajos en
el campo que hoy hacen o pueden hacer una decena de tractores.
El número de yuntas estaba alrededor de ochenta lo que contabilizaría ciento sesenta
acémilas. Teniendo en cuenta que en muchas casas había también algún borrico, u otra
mula llamada de non el número total de estos animales podría ascender a doscientas
cabezas.
Serían por tanto doscientos animales que un día cualquiera se encontrarían repartidos
por los campos de Hita, siendo normal al desparramar la vista ver por todas partes
siluetas de estas caballerías, así mismo eran típicas las retaílas que se formaban en
los caminos y que confluían en las entradas del Pueblo.
Era normal, para no perder tiempo en idas y venidas, ir a trabajar para "todo el
día", quiere decirse que se llevaba el labrador su comida y la de sus animales. Como
es lógico, siempre que se podía, los yunteros se juntaban a comer al lado de algún
manantial, (fuentes), hoy desaparecidas la mayoría pues al no ser necesarias se han ido
cegando no quedando mas que un humedal de juncos o maleza. Esas fuentes tan necesarias
entonces, donde el labrador saciaba su sed con un agua fresca y recién manada, formaban
pequeños arroyos, que a falta de otros más grandes servían también de abrevadero a los
animales, en el caso de que estos pudieran acceder pues algunas se encontraban en lo más
hondo de algunos barrancos.
Estas fuentes sobre todo en el estío eran como pequeños oasis. Yo pienso que siempre que
alguien se acercaba a saciar su sed o a disfrutar del frescor del agua las fuentes
ejercían una atracción tal que hacían andar cada vez más deprisa al lugareño a medida
que aumentaba su proximidad.
Un charco cristalino de no más de un metro de diámetro, un bote con un agujero sobre una
piedra, unas piedras donde apoyar las rodillas y poder así también beber de bruces,
algún excremento de rata de agua, quizás alguna sanguijuela, el fondo a no mas de una
cuarta de profundidad de arena limpísima y un glu-glu caprichoso del agua que al brotar
de la tierra impulsa los pequeños granitos formando minúsculos cráteres.
Sus nombres nada originales obedecían siempre al lugar del campo donde se encontraban,
así entre las mas importantes teníamos la Fuente de la Paloma, la del Tejar, la del
Badillo, la de la Andihuela, la de Dovín, la del Cubillo, la de los Tajones, la de Camino
del Monte, la de Los Ángeles, la del Conejo, la del Prado, la de Peña El Gallo, la de
Perdiguel, y la de Valdemoro. Habría que añadir alguna noria o pozo en algunas huertas,
así teníamos Palomares, Frías, Andihuela, Anchuela, del tío Edmundo y Pinilla, sin
olvidar la ya histórica Fuente Vieja cuya agua es la sobrante del manantial que abastece
al Pueblo, pero que a primeros de siglo era el lugar donde había que abastecerse ya que
un molino de viento, metido en un arroyo, estaba mas veces parado que dando rendimiento.
Los animales cuando abrevaban en el pueblo se tenían que conformar con agua de pozos, de
bodegas (minas) y de tres pilarejos en las afueras del pueblo. Eran y siguen siendo tres
pequeños manantiales, sobre los cuales se había construido un pilón de piedra. Dos de
ellos, aunque semitapados de maleza, aún se pueden observar. Uno de ellos se encuentra en
el bacho de Pilarejo, otro está en la ladera del Castillo a la izquierda del camino de la
Fuente Vieja y un tercero completamente cubierto se encuentra a unos veinte metros al
norte del Centro Médico. Este pilón se abastecía también de un pozo que recogía al
parecer las aguas de lluvia.
Estas historias, pequeñas historias, son reflejo de que lo que no sirve desaparece alguna
de ellas contra toda lógica.
Gerardo Gil
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