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| Periodismo y Ética
Profesional |
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Hace un año yo escribía: Las primeras horas de la mañana
llegan sin novedad, quiero decir que desde las emisoras de radio
unos cuantos profesionales, los mismos de siempre, escupen sus
fobias basándose en el titular de prensa más idóneo a sus
fines, más mediático.
Los tertulianos a los que me refiero -algunos hacen doblete,
tienen columna o editorial diario, columna en semanario y al
socaire de su fama han escrito un libro oportunista- se esfuerzan
en sacar tajada del escándalo de turno, denunciado por
capítulos cual telenovela, peleándose por los porcentajes de
audiencia pues de ella dependerá su valoración profesional, es
decir, su talón. Da la impresión de que el producto que se
vende -la información y la opinión- no importa que esté macado
hasta el tuétano, adulterado cual clembuterol o colza
informativa.
Un oyente siente ganas de mover el dial o mejor girar la
ruedecilla del volumen hasta oír el "clip" de la
posición "OFF". -¡Cuánta mierda!- exclama, pero ya
es tarde y aún con el rictus demudado se deja atrapar por esas
hertzianas como el confiado díptero se deja atrapar en la
telaraña. Después un zumbido resignado, sin esperanza; unas
palabras de protesta, sin eco. Sólo queda ser disecado por la
tripuda con patas. Derrotado al fin.
Otro oyente se jalea así mismo, acaso para disimular su mala
conciencia, acaso para saciar su sed de justicia, acaso víctima
de un mal entendido partidismo, acaso porque lo ve así y
exclama: "¿Cómo que ése es un chorizo? Todos lo son.
Menudo atajo de sinvergüenzas. ¿Que son cuatro garbanzos
negros? Venga ya, pero si en ese cocido están todos. ¡Un
cáncer! ¡Parásitos! ¡Todos colgados!". Ha sido un
estupendo alumno, yo diría que aventajado.
El tertuliano, profesional él, sabe de la mierda que este oyente
necesita y le da la que hay -que no es poca- y el día que no hay
le revuelve la del día anterior y si se cansa de revolver crea
otra y vuelta a empezar (estos renglones son copia, no sé si
literal, de viñeta de Romeu). Este oyente de sintonía fija se
siente eufórico, feliz, no sé si sabedor de que le han metido
los dedos que le han facilitado el vómito de todas sus bilis.
Ganador, ganador, ganador al fin. No sabe de qué ni le importa
pero sí de quién. Ganador.
Después de este avance mañanero llegan las entrevistas
políticas. Ellos, los políticos, son perfectamente
seleccionados o invitados en un intento de adornar más, si cabe,
el escándalo, el rifi-rafe o la descalificación hasta la
exageración. En buena medida están enganchados, tertulianos y
políticos, en el mismo juego con una variante ciertamente más
legítima para el político que es el voto, el poder en vez del
talón o la comisión por publicidad. Las comisiones por
publicidad ya serían tema para más de una tertulia pero
difícilmente lo oiremos en esos programas. Eso no es
escándalo... para ellos. Pero no nos distraigamos del caso que
nos ocupa y así podemos oír a los políticos que, con la
colaboración cómplice del director de tertulia, se limitan a
acusar cuando no a insultar -es lo que vende-, pocas veces a
exponer o defender sus ideas, sus programas, a comparar y rebatir
éstos con sus alternativas, a teorizar intelectualmente y si es
en periodo electoral ni le cuento. Creo que ellos, los
políticos, son víctimas y bastantes veces colaboradores, aún a
su pesar de ese negocio periodístico del que le será difícil
escapar a no ser que abandonen su, para mí, respetable
vocación.
No sé si algo parecido a lo relatado es lo que animó a Pilar
Cernuda, nada sospechosa de rojeras, a escribir un artículo en
el semanario B y N de ABC de abril del 94 titulado
"Pontífices". En esa columna, donde se critica cierta
forma de hacer periodismo, escribe: « Se queda una de piedra
ante ese jueguecito de yo escribo lo que me da la gana y
cuidadito con replicar porque te vas a enterar de lo que vale un
peine (...). Pues si los periodistas y digo periodistas bien
alto, los periodistas con mayúsculas saben muy bien de quién ,
de qué media docena de pontífices estoy hablando. Ricos y
famosos con su pan se lo coman». En otro artículo de la misma
revista y autora pero de un año después -como vemos, aquí no
escampa- incide en el mismo tema y escribe: «Da vértigo todo
esto y susto pero sucede y dirigen el cotarro media docena de
periodistas que se autoadjudican el derecho de calificar al resto
de sus compañeros y el derecho a marcar las pautas de
comportamiento que deben seguir el resto de sus compañeros».
Rebuscando en la poca crítica que a mi juicio se hace la
"ídem", casi siempre de forma genérica, sin dar
nombres, sin reiteración alguna, encuentro -permitidme este
abuso de citas- este párrafo de Santos Juliá en El País:
«(...)pues la mejor señal de que la democracia existe es que
cada mañana, puntualmente, un día tras otro, siete días a la
semana, el columnista o tertuliano de turno, subido al palo de la
aldea de su periódico, de su radio o de su televisión, con el
resguardo del impreso bancario en la faltriquera nos informa de
que esto es una insoportable dictadura que atenta contra la
libertad de expresión (...) un periodista de esos que disponen
de espacio diario para escribir todo lo que le apetece califica
al Presidente de Gobierno de "loco de la Moncloa" para,
a renglón seguido, denunciar los atentados cometidos por ese
demente contra la libertad de expresión».
Sería una falta de ética similar a la que estoy pretendiendo
poner de manifiesto si, aunque fuera remotamente, en este
artículo se vertiera una crítica generalizada a los
periodistas, así que no seré yo, maletilla de la pluma, el que
lo haga, mucho menos el que reclame censura alguna. Pero yo, como
persona, tengo opinión y la manifiesto a cambio de nada material
y es que la información actual o confusión, o dedos en la boca,
o ventilador de la mierda (frase puesta de moda para acallar a
personas por quienes no han hecho ni hacen otra cosa con un
cinismo que asombra) o la opinión pública o publicada, todas
estas controversias, todo ello para bien o para mal -yo creo que
para mal y por eso lo critico- es debido en buena medida a la
influencia que han conseguido, a las canchas que se les ha dado,
incluso desde estamentos religiosos a esos
"pontífices" a los que se refería Pilar Cernuda y que
se hacen llamar para más "inri" periodistas
independientes, forjadores de una asociación (AEPI) creada
según ellos para defender la libertad de expresión.
Si dentro de la crítica se ejerciera una parte a desenmascarar
los excesos, la falta de ética profesional de ese puñado de
críticos, que monopoliza una parte muy importante de la
opinión, mucho ciudadano que tiene derecho a una información
veraz, por la que paga -doble derecho-, no estaría tan
encanallado, desorientado, confundido y algunas veces engañado.
La verdad, relativa o no, es la verdad. Si conscientemente se
manipula, si conscientemente se añade algo que no es verdad, es
tan despreciable como si se hurta la verdad o como si se miente.
Y es aquí donde la crítica en general no es demasiado exigente
con ella misma en comparación con lo que exigen a los demás.
¡Perro no come carne de perro! Pero se nos está acostumbrando
al ¡vale todo! Más sigamos con nuestro análisis: el gran
pensador francés del siglo XVIII Montesquieu -lo nombro con
pudor pues no tengo más licencias que la de mi trabajo y la de
la "mili"- estableció que los estados modernos se
debían basar en la separación de los tres poderes básicos:
legislativo, ejecutivo y judicial, y en esa separación se basan
las actuales democracias. Pero hay otros llamados fácticos. Uno
de ellos es el poder de los medios de comunicación, hoy llamado
cuarto poder aunque algunos quieren ser el primero sin pasar por
las urnas. El resultado de los diferentes poderes debe ser un
equilibrio, un frenarse unos a otros, un hasta aquí es mi
cometido, más pienso que a esos "pontífices" no hay
quien los frene, jaleados por intereses de conveniencia y por la
lógica mercantil. Ellos solitos juzgan y condenan, dicen cómo
tiene que ser la ley y quién no siga esos dictados será un
chorizo, un dictador o un atado al pesebre.
Nada contra las tertulias cuando son confrontaciones de ideas, de
búsqueda de la verdad, de denuncia pero contrastada, de opinión
pero bien diferenciada de la información, de la sátira cuando
no es más que eso, agudeza e imaginación pero, cuando en los
medios de comunicación se mezcla el amarillo o comisionado con
el de investigación o intelectual, el resultado es una basura
que está haciendo mucho daño y estoy pensando, al decir esto,
en la juventud pues el único mensaje que les llega es el de
sinvergüenza, chorizo, sinvergüenza, chorizo...
¿Cómo es posible que algunos de esos medios invoquen que el
Gobierno -digo yo que serán todos los Gobiernos- tiene que
desvelar secretos de Estado si ello es necesario para esclarecer
una causa y al mismo tiempo esos medios se amparan en la
inviolabilidad de sus fuentes, no ya para esclarecer una causa
sino para publicar o hacer uso mediante esa garantía de
verdades, medias verdades, absolutas mentiras o dossieres
fabricados exprofeso? No me cuadra una cosa con la otra.
¿Cómo es posible que una prensa que critica las mayorías
absolutas, que dice que "el poder corrompe y el poder
absoluto corrompe absolutamente", que hace español del año
a un político y que, poco después, al celebrarse unas
elecciones en las que ya no hay mayorías absolutas y ese
personaje decide pactar con la mayoría minoritaria, dicha prensa
le dedica las siguientes lindezas recogidas por Arcadi en los
siguientes días del pacto: "tapadera, apóstol de la
componenda, concubina, barragana pequeñita y gordezuela, dueña
chica y caliente, rechoncho y minúsculo honorable, top-model
marcando paquete autonómico, borrego, mercader oportunista,
carcelero, desodorante, emperador del Paralelo, bajito, a tu
salud me hago gañolas, pajas y gallardas"?. Tampoco me
cuadra.
¿Cómo es posible que los periodistas catalanes desarrollen y
aprueben un código deontológico y se conteste desde algún
sector de Madrid -los "pontífices"- que detrás de
ello está el Gobierno para así descalificar lo que debe ser una
norma de todo buen profesional?
Como en estos ambientes de pueblo nos conocemos todos, algunos
podrán pensar que estoy defendiendo a un determinado sector de
la política. Se equivocan. No ha de pasar mucho tiempo para que
esta colaboración la firmasen ellos mismos. Triste victoria de
un sector de la profesión en que la palabra seriedad ha
desaparecido. Siendo así las cosas me quedo con las tertulias de
Radio Hita, al menos no intentan manipularme.
Aquí terminaba este artículo escrito hace un año.
Posteriormente cae en mis manos un libro de Félix Santos:
"Periodistas, polanquistas, sindicato del crimen,
tertulianos y demás tribus". En uno de sus capítulos se
reconoce los servicios prestados por la prensa a la sociedad y
que yo rubrico, aplaudo y agradezco por desvelar graves casos de
corrupción pero también hace una mención a una inquietud que
existe por ciertos deslizamientos inquisitoriales poniendo como
ejemplo de esa inquietud un artículo de Manuel Vicent. Algo que
yo recordaba haber leído y que no me resisto a reseñar, no ya
porque venga como anillo al dedo para esta colaboración sino por
la oportunidad de disfrutar de una estupenda literatura:
«Está ardiendo una nueva hoguera de la Inquisición. En ella ya
se han quemado varios ministros. Es probable que se abrase el
Presidente del Gobierno, pero que nadie piense que en él se van
a detener las llamas. Estas continuarán su frente por las
bancadas de la Oposición hasta alcanzar a su Jefe de filas
cuando ya hayan ardido múltiples diputados de uno y de otro
bando. Luego se quemará en la plaza pública a algunos
periodistas combativos sin desdeñar a sus mujeres. La sospecha
llegará por último a la casa de usted, y si no es una ameba
absolutamente pura, el fuego crepitará también bajo su brasero
(...) La Santa Hermandad efectuaba batidas por las juderías y
como no siempre capturaba las piezas necesarias para mantener las
llamas, hubo que crear el estado de sospecha general, de forma
que todo el pueblo participara en la carnicería. De entonces
arranca este deporte nacional. Para saciar su sed de justicia
comenzaron a funcionar las denuncias, los soplos, confidencias,
chivatazos y venganzas privadas. El fuego de la Inquisición es
siempre el mismo. Aquel tribunal se establece ahora cada mañana
en los juicios paralelos de la radio, la prensa y la televisión:
la hoguera ha sido sustituida por los fogonazos de los
fotógrafos en los pasillos de los Juzgados. Dentro de poco todos
seremos a la vez víctimas e inquisidores. Y ésta será la
corrupción absoluta».
Gerardo Gil
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