|


























| |
De lo Cursi a lo Ñoño
para Llegar a lo Rancio |
 |
Se reclinó suavemente sobre el respaldo de una
silla de PVC barata de cualquier bar, la cabeza mirando las
nubes, el cabello hacia atrás escondiendo la nuca que invitaba a
besar. Sus ojos entreabiertos, dormidos en el horizonte, y la
piel tersa de membrillo. Hinchaba la nariz sintiendo los latidos
y la boca cerrada esperando que otros labios se posaran. Sus
brazos, blancos y fuertes a la vez, en su dejadez se descolgaban
rozando apenas el suelo; sus muslos duros y de escultura,
cruzados y pegados al plástico, lanzaban la indirecta de la
defensiva esperando quizá el sobresalto o provocar la huida. En
fin, todo su cuerpo yacía en una mezcla de desidia y
provocación; era, aún vestida, como una escultura de guerrero
griego caído en la batalla, en el tránsito de la muerte a la
resurrección. No sé, todo era tan místico, tan delicado que
casi veneraba aquella aparición. De repente me dormí en su
perfil y nos fundimos en el sueño, enlazamos las manos y un beso
delicado de viento cayó al suelo, bastó su ruido para
despertar. Giró su cabeza hacia donde estaba yo como ido, no
provocó que escondiera la mirada en mi indiscreción de
"voyeour", sabía que tampoco esta vez iba a huir. Tras
un momento en que todo podría explotar abrió sus ojos y
sonrió, tanta luz que no dije nada. El pecho empezó a agitarse,
todo el aire era poco; el corazón parecía loco, alborotado,
moviéndose en todas las direcciones; sentía pequeños
pinchacitos y nos dijimos: ¡Oye tú, esto debe ser que estamos
enamoraos!
José Ignacio Blas.
|