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nº 18 Sep. 2000
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nº 18 Septiembre 2000

Mi Amigo y el Péndulo indice.gif (1589 bytes)

Algunos columnistas y tertulianos, al preguntarse sobre el cansancio y la apatía de la componente social -componente que por naturaleza todos tenemos- encuentran en la ley pendular la primera explicación a esa cuestión. Así lo cree mi amigo -mi otro ego- también. Antes de hacerse el silencio, llevábamos un buen rato comentando lo que ha supuesto tener una Asociación en un pequeño pueblo como el nuestro. ¡Quince años ya! ¡qué barbaridad! ¡cómo pasa el tiempo!

Nos habíamos refugiado en casa. La mañana era fría y gris y la niebla se había empenachado a medio castillo amenazando echarse sobre el pueblo. Él estaba sentado de lado a la mesa camilla, frente a la lumbre. Su cara y su mano descansaban como un todo, a la par; tan sólo las llamas anárquicas y el tic-tac del reloj de la abuela querían distraer su pensamiento. Le encanta reflexionar sobre estos temas colectivos, no sé si con acierto pero le encanta, y esto del péndulo lo traslada a la juventud del pueblo, aunque no sólo a la juventud o al pueblo. Su pensamiento lo exterioriza de nuevo con esa voz a veces pasional a veces atropellada que le caracteriza:

«Es que las diferencias de opinión, la poca población, la falta de reconocimiento, las obligaciones personales, las zancadillas, los errores, son resistencias como las del péndulo que van mermando esa fuerza asociacionista, que van aminorando esos nobles comportamientos hasta la estrangulación, llegando inevitablemente la caída».

¡Hombre! No sé, no sé -le contesto-. Te encuentro espeso, como el día. Acaso tú lo ves...

Me corta el reproche y prosigue con su razonamiento:

«Es que los que más participan de esas inquietudes sociales son cada vez menos, como más solos, no pudiendo abarcar todo lo que quisieran y tampoco se adivina apoyo o sucesión. Esto es, se está consumando e lpendulazo.¿Es que no lov es? -me recrimina- El pendulazo hacia el pasotismo, peor aun, hacia la cara fea del individualismo, y si nos quedamos ahí ¡canto en los dientes! Pues la inercia del péndulo en su cambio de periodo tratará de arrastrarnos con estrépito al otro extremo, es decir al desarraigo, a la incultura social tan abonada: ultras, frentes, boixos, rapados, acaso la litrona como única salida pacífica a su ocio».

Mi amigo exagera. Trato de decirle que efectivamente se ha contagiado del día, que no tiene derecho a verlo todo tan negro, pero está embalado y la pasión le desborda.

«Demasiada tele-boba, demasiada basura parásita que llaman del corazón, demasiado interés general por el fútbol, prostituyendo el deporte por otra cosa que no sé definir, eso sí, aprovechado por todo poder como espita biliar, demasiada alienación. Y esta situación -sigue comentando- llega a ser una satisfacción apenas disimulada no precisamente por los más sensibles sociales, no precisamente por según qué poderes. Ellos se llaman andanas, pero saben que incluso un mandato constitucional exige la promoción de la participación libre y eficaz de la juventud en el desarrollo político, social, cultural, etc. Claro, que decir esto y entrar la risa despectiva y troglodita a más de uno es cosa garantizada».

Se le apelotonan las palabras como si quisiera convencerme desde todas las maneras posibles.

«Esa juventud de nuestro pueblo -comenta- que ha caminado y llegado a altas cotas de compromiso, ese sentir medio de esa juventud que ha aprendido durante años a organizarse, ¿es que no es importante eso? Que ha cubierto parte de su ocio de una forma creativa desarrollando así su personalidad social y ciudadana, su libertad, y sin solemnidades quién sabe si también les ha facilitado el alejamiento de otros campos de triste actuali acaso la estamos desanimando, defraudándola un poco los adultos, los progenitores, pues me temo que no puede evitar ese sentimiento de soledad ensus Juntas Ordinarias, en el desarrollo de las actividades de la Asociación. Para esa juventud que aún resiste, y sobre todo para la que viene, en el horizonte del que te hablo aparecen nubarrones. Ya veras, ya verás. Cuando pase un tiempo, si todo sigue caminando hacia donde parece, lo veremos todo más claro pues tendremos una referencia para comparar mas el paso atrás se habrá consumado, y entonces habrá que preguntarse por el sentir medio».

Su pesimismo me desconcierta. Dramatiza demasiado y su estado de ánimo parece estar bajo mínimos. Apura su pitillo cuando trato de decirle que hay que vivir con la realidad... Que no siempre las cosas son como nos parecen, que... Pero su visceralidad me interrumpe de nuevo.

«Desearía equivocarme pero es que... Pero es que no veo alternativa que no sea la de resistir Fundamentalmente no se vislumbran inquietudes progenitoras con fuerza y número suficiente para seguir ayudando a abrir camino, para que al menos no se cierre una puerta, si quieres modesta puerta, que para sus proles se había abierto, que aún sigue abierta. Es que... Mira: si las cosas tienen la importancia que cada uno desee dar está claro dónde está la mayoría: en el que me lo den hecho o en la indiferencia. Y por eso te hablo de todo esto. Las leyes físicas son para usarlas, gobernándolas, y en su caso anulándolas, ¿o no es verdad que alterando los parámetros de la ley también se altera su resultado? Pues en el tema que nos ocupa lo mismo. Hay que resistir contrarrestar, despertar a mucha gente positiva, que la hay y mucha».

La pasión de mi amigo me conmueve y casi me convence, mas le hago ver que las ahora necesarias resistencias antigravedad -por seguir con su lenguaje- se me antojan enclenques ante la situación que él contempla, ante la inercia de la masa que se nos viene encima.

¿Cómo, quiénes, con quiénes? -le espeto.

No hay contestación. No sé si resignado o desmotivado me mira. Me pide que al menos le entienda y se pregunta si quizás es la manía de soñar un pueblo, una situación, y afirma: «!como otros jilipollas siempre en la utopía, estrellándome!».

Por un momento siento ganas de ser cruel y decirle: ¡Pues qué te creías jodido tonto! Mas se me enciende la bombilla y callo. Sé que de sobra sabe dónde pisa. Lo supo siempre. Otra cosa es su libre aunque modesto compromiso, su utopía. Después con la mirada perdida hace una mueca. Adivino su sentido. Coge su tabaco y me larga un cigarrillo. Le digo que no. De nuevo el silencio y el tic-tac, tic-tac... Una esperanza revolotea en el pensamiento como una necesidad. Quizás mañana... Quizás mañana los progenitores... Quizás mañana esa niebla... Quizás mañana mi amigo vuelva a soñar. Tic-tac, tic-tac.

Gerardo Gil Sanz


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