Algunos columnistas y tertulianos, al preguntarse sobre el
cansancio y la apatía de la componente social -componente que por naturaleza
todos tenemos- encuentran en la ley pendular la primera explicación a esa
cuestión. Así lo cree mi amigo -mi otro ego- también. Antes de hacerse el
silencio, llevábamos un buen rato comentando lo que ha supuesto tener una
Asociación en un pequeño pueblo como el nuestro. ¡Quince años ya! ¡qué
barbaridad! ¡cómo pasa el tiempo!
Nos habíamos refugiado en casa. La mañana era fría y gris
y la niebla se había empenachado a medio castillo amenazando echarse
sobre el pueblo. Él estaba sentado de lado a la mesa camilla, frente a la
lumbre. Su cara y su mano descansaban como un todo, a la par; tan sólo las
llamas anárquicas y el tic-tac del reloj de la abuela querían distraer su
pensamiento. Le encanta reflexionar sobre estos temas colectivos, no sé si con
acierto pero le encanta, y esto del péndulo lo traslada a la juventud del
pueblo, aunque no sólo a la juventud o al pueblo. Su pensamiento lo exterioriza
de nuevo con esa voz a veces pasional a veces atropellada que le caracteriza:
«Es que las diferencias de opinión, la poca población,
la falta de reconocimiento, las obligaciones personales, las zancadillas, los
errores, son resistencias como las del péndulo que van mermando esa
fuerza asociacionista, que van aminorando esos nobles comportamientos hasta la
estrangulación, llegando inevitablemente la caída».
¡Hombre! No sé, no sé -le contesto-. Te encuentro espeso,
como el día. Acaso tú lo ves...
Me corta el reproche y prosigue con su razonamiento:
«Es que los que más participan de esas inquietudes
sociales son cada vez menos, como más solos, no pudiendo abarcar todo lo
que quisieran y tampoco se adivina apoyo o sucesión. Esto es, se está
consumando e lpendulazo.¿Es que no lov es? -me recrimina- El pendulazo
hacia el pasotismo, peor aun, hacia la cara fea del individualismo, y si nos
quedamos ahí ¡canto en los dientes! Pues la inercia del péndulo en su
cambio de periodo tratará de arrastrarnos con estrépito al otro extremo,
es decir al desarraigo, a la incultura social tan abonada: ultras, frentes,
boixos, rapados, acaso la litrona como única salida pacífica a su
ocio».
Mi amigo exagera. Trato de decirle que efectivamente se ha
contagiado del día, que no tiene derecho a verlo todo tan negro, pero está
embalado y la pasión le desborda.
«Demasiada tele-boba, demasiada basura parásita que llaman
del corazón, demasiado interés general por el fútbol, prostituyendo el
deporte por otra cosa que no sé definir, eso sí, aprovechado por todo poder
como espita biliar, demasiada alienación. Y esta situación -sigue
comentando- llega a ser una satisfacción apenas disimulada no precisamente
por los más sensibles sociales, no precisamente por según qué poderes.
Ellos se llaman andanas, pero saben que incluso un mandato constitucional
exige la promoción de la participación libre y eficaz de la juventud en el
desarrollo político, social, cultural, etc. Claro, que decir esto y
entrar la risa despectiva y troglodita a más de uno es cosa
garantizada».
Se le apelotonan las palabras como si quisiera convencerme desde todas las
maneras posibles.
«Esa juventud de nuestro pueblo -comenta- que ha caminado y
llegado a altas cotas de compromiso, ese sentir medio de esa juventud que
ha aprendido durante años a organizarse, ¿es que no es importante eso?
Que ha cubierto parte de su ocio de una forma creativa
desarrollando así su personalidad social y ciudadana, su libertad, y sin
solemnidades quién sabe si también les ha facilitado el alejamiento de
otros campos de triste actuali acaso
la estamos desanimando, defraudándola un poco los adultos, los
progenitores, pues me temo que no puede evitar ese sentimiento de soledad
ensus Juntas Ordinarias, en el desarrollo de las actividades de la Asociación.
Para esa juventud que aún resiste, y sobre todo para la que viene, en el
horizonte del que te hablo aparecen nubarrones. Ya veras, ya verás.
Cuando pase un tiempo, si todo sigue caminando hacia donde parece, lo veremos
todo más claro pues tendremos una referencia para comparar mas el paso
atrás se habrá consumado, y entonces habrá que preguntarse por el sentir
medio».
Su pesimismo me desconcierta. Dramatiza demasiado y su estado de ánimo
parece estar bajo mínimos. Apura su pitillo cuando trato de decirle que hay que
vivir con la realidad... Que no siempre las cosas son como nos parecen, que... Pero
su visceralidad me interrumpe de nuevo.
«Desearía equivocarme pero es que... Pero es que no veo
alternativa que no sea la de resistir Fundamentalmente no se vislumbran
inquietudes progenitoras con fuerza y número suficiente para seguir
ayudando a abrir camino, para que al menos no se cierre una puerta, si quieres
modesta puerta, que para sus proles se había abierto, que aún sigue
abierta. Es que... Mira: si las cosas tienen la importancia que
cada uno desee dar está claro dónde está la mayoría: en el que me lo den
hecho o en la indiferencia. Y por eso te hablo de todo esto. Las leyes
físicas son para usarlas, gobernándolas, y en su caso anulándolas, ¿o
no es verdad que alterando los parámetros de la ley también se altera
su resultado? Pues en el tema que nos ocupa lo mismo. Hay que resistir
contrarrestar, despertar a mucha gente positiva, que la hay y mucha».
La pasión de mi amigo me conmueve y casi me convence, mas le hago ver que
las ahora necesarias resistencias antigravedad -por seguir con su lenguaje- se
me antojan enclenques ante la situación que él contempla, ante la inercia de
la masa que se nos viene encima.
¿Cómo, quiénes, con quiénes? -le espeto.
No hay contestación. No sé si resignado o desmotivado me
mira. Me pide que al menos le entienda y se pregunta si quizás es la manía de
soñar un pueblo, una situación, y afirma: «!como otros jilipollas
siempre en la utopía, estrellándome!».
Por un momento siento ganas de ser cruel y decirle: ¡Pues
qué te creías jodido tonto! Mas se me enciende la bombilla y callo. Sé que de
sobra sabe dónde pisa. Lo supo siempre. Otra cosa es su libre aunque modesto
compromiso, su utopía. Después con la mirada perdida hace una mueca. Adivino
su sentido. Coge su tabaco y me larga un cigarrillo. Le digo que no. De nuevo el
silencio y el tic-tac, tic-tac... Una esperanza revolotea en el pensamiento como
una necesidad. Quizás mañana... Quizás mañana los progenitores... Quizás
mañana esa niebla... Quizás mañana mi amigo vuelva a soñar. Tic-tac, tic-tac.
Gerardo Gil Sanz