|














| |
| Nada original, pero... |
 |
Un lunes del mes de noviembre de 1993.
Obligado por las características de mi trabajo, he de permanecer
en casa a la espera de cubrir alguna baja circunstancial o algún
trabajo no programado.
Pongo la radio y la noticia es un martillazo: "Quince
chavales muertos en tres accidentes a altas horas de la
madrugada, todos se salieron de la carretera a alta velocidad,
venían de pubs o discotecas."
Se comenta que en otros países el conductor jamás bebe.
Se habla de la publicidad subliminal de las constructoras
automovilísticas: reprís, potencia, etc.
Se disiente si la mayoría de edad es la adecuada para obtener el carné de conducir.
Se dice que porqué a los menores se les vende alcohol en la
mayoría de los comercios cuando está prohibido.
Creo recordar el dato de 1500 jóvenes muertos al año. No
recuerdo cuántos quedan lisiados.
Sale a relucir lo de las horas de diversión, aquello de que
cuando los demás se levantan ellos se acuestan.
Últimamente, las estadísticas dicen que los jóvenes entre 18 y
24 años tienen el doble de posibilidades de morir en la
carretera.
Se especula con lo del reloj biológico, el cual te marca cuando
debes descansar, y al hacer justamente lo contrario causa una
serie de trastornos los cuales tienden todos a disminuir el
rendimiento del cerebro.
Informan sobre esa euforia, esas risas o esa informalidad que se
crea en el interior de un vehículo propia de la juventud.
Otros añaden lo de "hijos de la abundancia", que el
alcohol es una cultura, un modelo que dura ya 5000 años.
Y qué significa todo esto. ¿Meter miedo en el cuerpo?. No creo
que esa fuera la intención de los señores de la radio. Todos
hemos sido jóvenes y todos podemos perder la vida por una u otra
razón, si queréis por una tontería. Pero perderla a esa edad y
en esas circunstancias, perdonen la expresión, es además de una
cabronada, una estupidez.
Gerardo Gil.
|