|














| |
| Editorial |
 |
Recordamos con dificultad, nuestra época de cultura bárbara,
de niños mocosos con deportivas de 100 duros y bocadillo de
fiambre para toda la tarde. De correrías por yermos y barrancos,
buscando nidos y madrigueras, de "tirachinas", de
perros y gatos a la carrera. De juegos montaraces, de fuerza, de
la primera chica que vino a alborotarnos el corazón en
primavera.
Así fue creciendo nuestra generación al socaire hostil del
héroe tribal, se nos pasó la infancia a penas sin inocencia,
sin fantasía, sin aprender que dos más dos no siempre sumaban
cuatro y que las niñas aunque no tuviesen pito también podían
jugar al fútbol, que el mar alcanzaba más allá del más fuerte
y que los hombres, los auténticos y verdaderos hombres también
alguna vez lloran.
Estando en estos ires y venires, en esto que era de lo único que
teníamos absoluta certeza, en esta infalibilidad de nuestra
pequeña hombría; llevó la vida o mejor dicho la realidad de un
brusco manotazo nos dejó desnudos ante el odioso interrogante;
¿trabajas o estudias?
Quizá no estábamos próximos a ninguno de estos polos, a cual
más frío, pero no obstante acarreábamos en nuestra cabeza las
directrices que más nos predisponían al Trabajo, y al trabajo
entendido en su propia extensión. Era la hora de la fuerza, la
hora en que aquel hombre-niño debía mostrar realmente para lo
que se había preparado desde pequeño, ya que el estudio en
cierta medida hubiese desbordado los planes propios y ajenos y
habría levantado ciertas sospechas de afectación y debilidad.
Todo esto para qué. Para tratar de justificarnos en el escaso
espíritu de participación en el ámbito asociativo, en el
escaso interés por aquellas cosas que supongan algo más que un
esfuerzo puramente impulsivo, en el miedo a la palabra que se
combate con el aún más cobarde "por mis cojones". En
intentar fundamentar este pasotismo asociativo, en nuestro
subconsciente, en nuestra memoria colectiva, en nuestro pasado. Y
realmente este motivo sea la causa del desdén.
En cualquier caso no se debe prometer nada, porque en cierto modo
casi todos somos hijos de la cultura bárbara, pero se debería
romper una lanza en favor de lo que representa "La
Asociación Cultural", como principio, como motor de
arranque al menos y exclusivamente para hacer las cosas con el
diálogo y para dejar sentado que hay otras alternativas.
P.D.
Ahórrense conclusiones: "No se hace Asociación por culpa
del pasado".
¿Es esto apocalíptico?: Sí, negamos la libertad, dejando paso
a la costumbre.
¿Es esto cierto?: ¡Pssss ! Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo
contrario. ¿Qué se pretende con esta Editorial?: Lo de siempre,
enmendar el subconsciente.
¿Causará algún efecto?: Ninguno, este remedio está agotado y
muy visto.
¿Existe algún método?: Que sé yo, tal vez volver a nacer,
Volver a Empezar (de J. Luis Garci) ¿o mejor, Freud?.
¿Qué es esto?: En primer lugar una Editorial fuera de la regla,
que no dice más que "sandeces", hueca de contenido. Al
final pierde toda la seriedad y el dramatismo que prometía al
principio, no hay objetividad, se utiliza continuamente la 1ª
persona del plural, ¡¡qué más les voy a contar que no hayan
visto!!
Estos siete mandamientos se encierran en sí, digo en uno:
"Olvida el pasado, sáltate la regla, participa".
Tal vez es un anuncio de la "Pipsi-Cola", del
"Grin Pisss". No, que va... Es un mensaje del equipo de
Redacción de la Troje.
|