Cuando
el viajero llega a Hita, lo primero que siente es el inevitable peso de su
historia. Pasear por sus calles, llenas de embrujo, encanto y magia, le sumergen
en atmósfera propia de otra época. Y todos estos encantos naturales que posee
Hita se elevan a la máxima potencia con la llegada de una nueva edición del
Festival Medieval de Hita. Lo primero que puede hacer quien llega hasta la villa
del Arcipreste en este
día, es tratar de refrescarse con la visita a
los diferentes bodegos y bodegas de los que está atravesado el cerro de Hita.
Estas construcciones, auténticas joyas monumentales, son claro ejemplo del
esplendor que la industria vinícola tuvo en la villa durante la Edad Media. Sus
paredes, perefectamente talladas con armonía cuasi-escultórica, rezuman
historia y leyenda por los cuatro costados. Una vez embelesados con el frescor
de las bodegas, puede ser buena hora de deleitar el paladar en los
"figones" instalados en las Ruinas de la Iglesia de San Pedro. Los
mesoneros tratarán de reponer las fuerzas del visitante con el servicio de
exquisitas viandas regadas con buen vino.
A primeras horas de la tarde, cuando el sol de julio todavía muestra su
inexorable potencia, es la hora del encuentro, de la charla previa, de la
acogida: es el Alarde en la plaza del Arcipreste. Bufones, doncellas,
caballeros, clérigos, mendigos, hechiceras, magia y encanto se dan cita en la
soportalada plaza mayor de Hita. La vistosidad de los trajes de época se
entremezcla con el ronroneo de los cascabeles que portan las Botargas,
antiquísimos vestigios de la mitología ibérica presentes en los Festivales de
Hita desde sus orígenes.
De la plaza al Palenque. Tras contemplar el desfile encabezado por los
caballeros que minutos después se retarán en las Justas, el visitante llegará
al recinto cuadrangular que, al pie de la muralla, acogerá el Torneo
Desciende
la procesión por la empinada cuesta del Paseo de Caballos. El séquito
serpenteante y colorido, encabezado por los nobles y caballeros que tomarán
parte en el Torneo, se dirige hacia el Palenque; en él desfilan también las
huestes de D. Carnal y Dña. Cuaresma; el ciervo y el cerdo, el toro y la
perdiz, la liebre, el conejo…. , el mero y la sardina, el calamar, el
bogavante y el pulpo, juglares, trovadores, bufones, malabaristas, trapaceros,
campesinos, artesanos, hijosdalgo, doncellas, menestrales, lazarillos,
caminantes, todo el gentío llegado para presenciar el gran acontecimiento. En
el ambiente se mezclan, funden y desafinan la música de las gaitas, flautas,
dulzainas, violines, rabeles, zanfonas, atambores y tamboriles. Majestuosos los
corceles, enjaezados con sus gualdrapas y protegidos por férreas pecheras;
cabezales y colleras martillean el suelo arrancando chispas del pedernal y
emulando con sus cascos el fragor hueco de los tambores de batalla. Los
caballeros en sus monturas se yerguen impasibles, firmes bajo sus estribos y
pertrechados para justar; ceñido al cuerpo el escudo grabado con sus armas, las
afiladas lanzas desafiando al cielo y al cinto la espada que le armó caballero,
cotas de malla protegen su cuello, brazos y piernas y sobre éstas: guanteletes,
brazaletes, corazas y yelmos copados por cimeras. Lucen, bordados en sus cotas
de armas, emblemas y blasones de su estirpe y linaje, el heraldo que les
acreditará para tomar parte en el Torneo.

Enfilan ya por la cañada empujados por el cortejo impaciente, siguen
los malabaristas, bufones y músicos entreteniendo el paso; las botargas
con sus máscaras demoniacas y chillona vestimenta tratan de asustar a la
chavalería que despavorida se escabulle torpemente. Todo acaba y la tarde
cae sobre el cerro de Hita. El frescor de estas horas hace muy apetecible dar un
paseo por las calles de la villa y empaparse de medievalismo. Es posible que un
mendigo le pida limosna, que alguna hechicera le pronuncie algún conjuro, que
algún ciego le recite un romance épico, que un tragafuegos le sorprenda en una
esquina o que algún bufón le anime con una de sus ancestrales bromas. La música,
elemento imprescindible de los Festivales de Hita, estará presente por las
calles de la villa. Es otro tiempo, es otra época. Es el embrujo de la Edad
Media. Un momento único en donde todo será posible, y que alcanza su mayor
grado de espectacularidad al anochecer. Las noches medievales de Hita serán
recordadas por el visitante durante mucho tiempo. La luz del fuego, las sombras,
los sones y la leyenda le sumergirán en lo más profundo del sentimiento
bajomedieval. Ahora sí que se consuma este viaje en el tiempo que es el
Festival Medival de Hita.
Se abre el telón.
Se percibe cada vez más cercano el murmullo de la plebe que abarrota el graderío,
en unos instantes el rumor es nítido y cercano, ya pisan las cabalgaduras la
arena del Palenque; tras de sí y lentamente, el cortejo recorre el campo
saludando al aforo, atronan trompetas y tambores que inundan todo el recinto,
ondean en sus mástiles pendones y estandartes, coloridas pinceladas inquietas
suspendidas en el aire. En el otro flanco, al socaire de la muralla y su
baluarte apuntando a poniente, se despliega la tribuna que se extiende hasta
levante abrazando este extremo, y en su opuesto, al fondo, se alza el palco
donde se hallan los regentes y el conde valedor de este Torneo. Es este Palenque
vetusto campo de batalla y afrenta, desigual rectángulo de arena, piedra,
madera y cielo, imperecedero fiduciario de donde hace más de 600 años atrás
otros caballeros se justaran como hoy.
El campo del Palenque ha quedado desierto, los caballeros se han retirado y todo
el cortejo ha ido encontrando hueco para presenciar lo que acontecerá; los
cachivaches de competición, castillete, estafermo, anillas y armeros tachonan
la vista.
Pero antes de inaugurar estos juegos mundanales tendrá cabida en este Palenque
una batalla mucho más excelsa, la que librarán el Espíritu y la Carne. Al
lado del primero lucharan las huestes de Dña. Cuaresma, y por la Carne se batirá
la mesnada de D. Carnal. La virtud, la diligencia, la mesura y la rectitud se
enfrentarán a la concupiscencia, la indolencia, el exceso y la veleidad.
Singular contienda dirimida a lomos de destartalados carromatos guiados por sus
alféreces. Habrá un vencido, un vencedor y un punto de equilibrio encarnado en
el Amor.
El Conde anfitrión toma la palabra, cotejados sus heraldos,
anuncia a cada uno de los caballeros, pregonando su nombre y rango, solicitando
su presencia en el campo. A partir de aquí tendrán que demostrar su fuerza, habilidad
y valentía que les ha hecho dignos en el campo de batalla, mostrando su puntería
con el venablo en el Castillete, el temple con la lanza para ensartar las
Anillas, la fuerza y el arrojo en la acometida contra el Estafermo. No solo está
en juego su honor y su nombre, también su hacienda, su cabalgadura y sus
armas…. , que lo son todo, por eso no habrá tregua ni concesiones, ser
derrotado es ser deshonrado y despojado. La afrenta casi está servida de
antemano y la justa a muerte inevitable. Son estos Torneos acontecimientos
desaprobados por el Rey y la Iglesia, para el primero sus mejores guerreros y
vasallos perecen por una causa huera, para la Iglesia derramar sangre entre
cristianos por albedrío era meritorio como para desterrar sus despojos fuera de
Tierra Santa.
Cuenta un viajero que anduvo por Alemania, que hacia el año 1.245 en el cantón
de Neuss murieron hasta ochenta caballeros en un solo Torneo. Aquel torneo se
celebró a campo abierto en un terreno de varias millas y en él tomaron partida
dos ejércitos de hasta cien nobles cada uno; la conquista ficticia del
territorio era la victoria, pero durante esa lucha el caballero apresado debía
entregar su caballo, armadura y espada y satisfacer una recompensa para su
liberación… .
Al
caer la noche acuden las gentes a la plaza de la villa dispuestas a contemplar
una representación a la luz de las estrellas.
El teatro es el acto central y de mayor peso en la programación del Festival
Medieval de Hita desde su comienzo en 1961. Los textos escenificados, en su
mayoría adaptaciones de las grades obras literarias de la época, pertenecen en
su totalidad a la pluma del profesor Manuel Criado de Val, alma máter del
Festival.
"Doña Endrina", versión escénica del Libro de Buen Amor, fue la
primera obra representada en Hita. Juan Ruiz, el misterioso arcipreste y todos
sus personajes: Trotaconventos, Don Melón, Doña Endrina, Don Carnal y Doña
Cuaresma han tomado vida a través de este teatro
"¿Os acordáis de la vieja Celestina?", "Mio Cid
Campeador", "Don Quijote no es caballero" o "La Divina
Comedia" son quizá algunos de los títulos más representativos estrenados
en Hita.
En este intento de recrear la vida medieval, la plaza mayor a caballo entre
plaza castellana y fortaleza se transforma año tras año en campo de batalla,
palacio, convento... escenarios donde se mueven reyes, alcahuetas, juglares...
La sociedad medieval en su conjunto cobra vida en la plaza de Hita. En las
plazas escuchaba y disfrutaba el pueblo de las cantigas y leyendas que contaban
y cantaban los juglares.
Al igual que en las representaciones juglarescas, la música juega un papel
fundamental en el Teatro Medieval de Hita. Las composiciones creadas por
Gregorio Paniagua y Cristóbal Halffter
rescatan los sonidos de antiguos instrumentos: el rabel y la guitarra
morisca, el salterio, las sonajas de azófar... La música incita al espectador
a viajar en el tiempo y en el espacio. Las obras representadas en esta plaza
muestran la vida de unos hombres y mujeres cuyos pensamientos y comportamientos
se asemejan en gran medida a los del hombre actual . El amor y la muerte, la
espiritualidad y la superstición, el sexo, la violencia, el poder y la corrupción
son temas universales muy presentes en el Teatro Medieval de Hita. Termina la
representación, y de nuevo un espectacular palenque recibe al visitante con los
brazos abiertos, preparado para el desenlace de las Justas que han quedado
abiertas por la tarde. Las luchas tanto a pie como a caballo gozan de una
tremenda espectacularidad con la sombra de la noche hiteña. Una noche que nos
lleva de nuevo, y como colofón al Festival, a las ruinas de San Pedro, donde
una suculenta cena de época espera a los visitantes ataviados con indumentaria
del medievo. Así termina su viaje por la Edad Media, un tiempo de luces y
sombras que se revive en Hita, aunque no es necesario acudir a esa
"resurrección". La esencia del medievalismo pervive para siempre en
la villa del Arcipreste.