Biografía de un Festival, de
1961 al siglo XXI
por Manuel Criado de Val
Por
Rebollosa pasaba en la Edad Media un antiguo camino, muy transitado que enlazaba
la fortaleza de Torija con la de Hita. Cruzaba la villa del Arcipreste y salía
por la puerta de Molina y el paraje de Trascastillo, camino de Espinosa de
Henares y la Sierra. Ángel Romera Martínez, especialista en una de las ramas
menos conocidas de la Arqueología, ha estudiado las marcas de cántaro y
alfarero en las grandes tinajas medievales que guardaban el vino en los
incontables bodegos de Hita. Él ha estudiado un precioso puente medieval
conocido con los nombres de la Paloma y de la Chiquita en las
cercanías de Hita, que conserva la
huella auténtica del paso de nuestro Arcipreste. Un momento que debía
incorporarse al Patrimonio Histórico de la Villa.
Desde niño he pasado muchos veranos en Rebollosa de Hita y he recorrido ese
camino siempre con la imagen del cerro ante los ojos. Vivir el campo en la
infancia es conocer a fondo la "tierra" y sus habitantes para toda la
vida.
Cuando estudiaba en la Complutense de Madrid seguí un curso sobre el Arcipreste
por José Fernández Montesinos. Recuerdo su figura, medio tumbada en la silla,
jugando con los bolígrafos sobre la mesa y hablando, absorto, sobre el Buen
Amor, ajeno a la clase, acariciando cada palabra y cada verso del Arcipreste.
Durante aquel año sólo tenía yo un pensamiento: entrar a fondo en el Libro de
Buen Amor y revivir y ordenar aquel confuso amasijo de aventuras, reales o
fingidas, y situar a sus personajes en su auténtico paisaje. Hita era en
quellos años "región devastada", cantera abierta para el firme de
las carreteras. La convertirla en un escenario medieval fue la verdadera
raiz de los futuros Festivales. Siguiendo el ejemplo del Buen Amor, deberían
unirse en Hita el teatro, los torneos, las botargas, la tentación de halconería,
las músicas de Cristóbal Halffter y de Gregorio Paniagua y la larga cadena
literaria nacida en la Edad Media. Las cofradías de D. Carnal y de Dª Cuaresma
pasearían por las calles junto a los danzantes de Valverde, los "zampanzar"
navarros de Ituren junto a los "morraches" de Malpica del Tajo, unidos
en una auténtica síntesis hispánica. Un sueño disparatado a 80 kilómetros
de Madrid, sin ferrocarril y apenas con algún autocar, sin hospedaje, ni
restaurantes, con pocos coches particulares y un pueblo en ruinas. Nadie en Hita
creía que pasarían de treinta los espectadores de Dª Endrina.
Recuerdo, como si lo viera, la tarde del primer Festival. Asomado a la balconada
donde estuvo la picota, pasé mucho tiempo mirando la carretera en zig-zag que
venía por la Vega. Aparecieron a lo lejos los primeros coches, dos, tres luego
siete juntos, luego cinco seguidos, unos pocos aislados, ¡un autocar!. Pronto
se fueron llenando las eras de una maravillosa cosecha de coches venidos de Dios
sabe dónde. Por las calles de Hita las botargas de Beleña y Retiendas corrían
a las chicas con sus castañuelas, sus máscaras y cencerros, sonaban las
dulzainas segovianas de Serafín y Gregorio y la gente se amontonaba en los
puestos de asados y chuletas. Se llenó totalmente la plaza.
«El Festival
era un sueño disparatado
a 80 km. de Madrid»
Recuerdo que el viento movía el
decorado de tela y cómo acudían a sujetarlo por detrás. No sentí miedo
porque veía a la gente en la plaza y oía las voces maravillosas de Mª Carmen
Prendes, de Julio Goróstegui, de Francisco Valladares, de Mª Carmen Sáez, de
Julio Navarro, acompañadas con la música de los Carmina Burana de Carl Orff,
que entonces apenas era conocida y no cobraba derechos de autor. Al final, el
aplauso inacabable de más de cinco mil personas. Nacía el Festival de Hita y rápidamente
vinieron las grandes noticias: Festivales de España, Hita Monumento Histórico,
Cenas Medievales y Torneos extendiéndose por España de la mano de Fraga, que
no se molestó en decir dónde y cómo habían nacido, se compraba la Casa del
Arcipreste y más de veinticinco obras diferentes se estrenaban en el Teatro
Medieval. Nació también el Patronato Arcipreste de Hita, creado por Decreto de
la Presidencia del Gobierno, con numerosísimos Organismos colaboradores pero
sin presupuesto. Hita estuvo a punto de fracasar en un año en el que los tres días
que exigía Festivales de España, a cambio de una pequeña subvención, fueron
sumergidos por un temporal que estuvo a dos dedos de arruinarme.

El pueblo de Hita tardó bastantes años en incorporarse y hacer suyo el
Festival. Fue necesaria una nueva generación, una juventud organizada en una
Asociación para que Hita y sus Festivales tuvieran un apoyo unánime. Ni
cambios políticos, ni divisiones familiares han sido capaces de impedir que el
nombre de Hita y su Teatro Medieval cruzara las fronteras y sea más conocido
fuera que dentro de España. El Espíritu burlón del Arcipreste se habrá sonreído
viendo a la multitud de investigadores internacionales que han tratado de
averiguar su verdadero nombre, mientras todos conocemos su figura familiar, su
pensamiento, sus palabras y su "tierra".