Una
treintena de asociaciones de amigos de los pueblos, no se si muchas o
pocas, se reunieron el pasado sábado en Guadalajara para hablar sobre
el fenómeno del asociacionismo rural en nuestra provincia, uno de los
hechos más novedosos que surgen en ese medio rural en la década de los
sesenta
Antes de cualquier aproximación al tema,
convendría recordar algunas de las cifras aportadas en la ponencia
marco del encuentro, realizada por el guadalajareño (título que le
adjudico desde ya, por sus probados esfuerzos y conocimientos) Javie
Borobia. Recordaba Javier que el medio rural de Guadalajara ha vivido
uno de los procesos más demoledores de España de desarticulación
territorial. En 1960 la población de nuestra provincia alcanzaba los
180.000 habitantes, reduciéndose a 146.000 en 1986. Como contraste, en
ese mismo periodo de tiempo, la Capital pasaba de concentrar a tan solo
el 3,21 por 100 de ese total provincial hasta alcanzar el 41,87 por 100
en el citado 1986, cifra que posteriormente ha seguido en aumento.
Quiere decir entonces que paralelamente a la profunda crisis que vivía
la sociedad rural guadalajareña, se producía la expansión
demográfica de la capital y todo el corredor industrial del Henares, la
única zona que se salvó de la catástrofe, precisamente por
encontrarse dentro del área de expansión industrial de Madrid.
En ese contexto surgen posteriormente las
asociaciones de amigos de los pueblos, fundadas por emigrantes que
quieren hacer algo por revitalizar la sociedad que han dejado atrás y
que se encuentra en un verdadero trance de desaparición. Estas
asociaciones se multiplican en nuestra |
provincia y en muchos casos
consiguen asociados que superan el censo oficial del pueblo y construyen
locales de superior calidad a los viejos inmuebles de los ayuntamientos.
(El presidente Bono, en un viaje reciente a Guadalajara, tuvo que
celebrar un acto oficial en la sede de una asociación que servía de
local provisional a un ayuntamiento, cuyo edificio se había venido
abajo de puro viejo).
Estas asociaciones han servido también de
plataforma para la recuperación de fiestas tradicionales olvidadas,
como promotoras de actos culturales, deportivos y recreativos de toda
índole y -también- como vehículo para abordar los problemas que
plantea la comunidad y que -como se dijo en el encuentro- no se están
abordando, no por dejadez sino por falta de vitalidad de la población
residente.
Es frecuente en los encuentros entre
representantes de asociaciones el hablar sobre los recelos que en
algunos ayuntamientos despierta el nacimiento en su comunidad de una
asociación de amigos del pueblo, especialmente en localidades de escasa
población. En España, el asociacionismo nunca ha estado apoyado -y en
etapas de ausencia de libertades incluso mal visto- y todavía existe
una mentalidad de que las actividades públicas son patrimonio de las
instituciones formales, en este caso los ayuntamientos, manteniéndose
las reservas sobre todo lo que se genera mas allá de sus muros. Si esta
tendencia puede valer para la sociedad española en general, donde
nuestra democracia puede hacer más bien poco para propiciar la
participación fuera de los cauces institucionalizados (fundamentalmente
los partidos políticos), a |
nadie puede extrañar que un
alcalde de un pueblo pequeño pueda ver en la asociación la creación
de un contrapoder incómodo más que un estimulante benefactor.
Esto ocurre, y es una verdadera lástima que
así sea, porque las asociaciones -en muchos casos- aportan la agilidad
y la frescura que demanda nuestra comunidad rural, y podrían servir de
mimbre para algo de lo que Guadalajara siempre ha carecido: una sociedad
vertebrada y despierta en la defensa de sus intereses y en la promoción
de iniciativas colectivas.
Dejemos, para finalizar, una última
reflexión. Un alcalde inteligente no debería ver a una asociación
como una suplantadora de su poder, sino como una eficaz colaboradora en
la movilización de la pequeña sociedad que se reproduce los veranos y
fines de semana. Una asociación inteligente, no debería caer nunca en
suplantar el poder de derecho, que es el ayuntamiento, aunque este pueda
estar afectado de artrosis provocada por el conformismo y la falta de
recursos. De lo que se trata es de servir de alicate y de lanzadera,
actuando con mano izquierda para que la vitalidad y la iniciativa del
que vive en un medio urbano no choque frontalmente contra el ritmo
prudente que caracteriza a nuestro medio rural.
Si cada uno sabe estar en su sitio, y no se
dedican a buscarle tres pies al gato, la colaboración entre las
asociaciones y los ayuntamientos debe ser (y ya hay casos que lo
demuestran, como he tenido ocasión de comprobar) un revulsivo para la
reactivación de nuestra provincia.
Santiago Barra |