Menú anterior
nº 8 Julio 1989
Editorial
Carta abierta...
Artículo de F.y A.
Noticias...
A los árboles
Gallo 89
Teatro
Festival Medieval
La ola que...
Teles y antenas
Imaginación al...
La Atracción....
Poesías
nº 8 Julio 1989
nº 8 Julio 1989
nº 8 Julio 1989

Con motivo del III encuentro de Asociaciones Rurales de Guadalajara, Santiago Barra publicó en el semanario «Flores y Abejas» el artículo que aquí rescatamos por el interés que tiene ante la situación de nuestra Asociación.

FLORES Y ABEJAS, 24 de Mayo de 1989

opinión

----------------------------------------------------------------

     Una treintena de asociaciones de amigos de los pueblos, no se si muchas o pocas, se reunieron el pasado sábado en Guadalajara para hablar sobre el fenómeno del asociacionismo rural en nuestra provincia, uno de los hechos más novedosos que surgen en ese medio rural en la década de los sesenta
     Antes de cualquier aproximación al tema, convendría recordar algunas de las cifras aportadas en la ponencia marco del encuentro, realizada por el guadalajareño (título que le adjudico desde ya, por sus probados esfuerzos y conocimientos) Javie Borobia. Recordaba Javier que el medio rural de Guadalajara ha vivido uno de los procesos más demoledores de España de desarticulación territorial. En 1960 la población de nuestra provincia alcanzaba los 180.000 habitantes, reduciéndose a 146.000 en 1986. Como contraste, en ese mismo periodo de tiempo, la Capital pasaba de concentrar a tan solo el 3,21 por 100 de ese total provincial hasta alcanzar el 41,87 por 100 en el citado 1986, cifra que posteriormente ha seguido en aumento. Quiere decir entonces que paralelamente a la profunda crisis que vivía la sociedad rural guadalajareña, se producía la expansión demográfica de la capital y todo el corredor industrial del Henares, la única zona que se salvó de la catástrofe, precisamente por encontrarse dentro del área de expansión industrial de Madrid.
     En ese contexto surgen posteriormente las asociaciones de amigos de los pueblos, fundadas por emigrantes que quieren hacer algo por revitalizar la sociedad que han dejado atrás y que se encuentra en un verdadero trance de desaparición. Estas asociaciones se multiplican en nuestra
provincia y en muchos casos consiguen asociados que superan el censo oficial del pueblo y construyen locales de superior calidad a los viejos inmuebles de los ayuntamientos. (El presidente Bono, en un viaje reciente a Guadalajara, tuvo que celebrar un acto oficial en la sede de una asociación que servía de local provisional a un ayuntamiento, cuyo edificio se había venido abajo de puro viejo).
     Estas asociaciones han servido también de plataforma para la recuperación de fiestas tradicionales olvidadas, como promotoras de actos culturales, deportivos y recreativos de toda índole y -también- como vehículo para abordar los problemas que plantea la comunidad y que -como se dijo en el encuentro- no se están abordando, no por dejadez sino por falta de vitalidad de la población residente.
     Es frecuente en los encuentros entre representantes de asociaciones el hablar sobre los recelos que en algunos ayuntamientos despierta el nacimiento en su comunidad de una asociación de amigos del pueblo, especialmente en localidades de escasa población. En España, el asociacionismo nunca ha estado apoyado -y en etapas de ausencia de libertades incluso mal visto- y todavía existe una mentalidad de que las actividades públicas son patrimonio de las instituciones formales, en este caso los ayuntamientos, manteniéndose las reservas sobre todo lo que se genera mas allá de sus muros. Si esta tendencia puede valer para la sociedad española en general, donde nuestra democracia puede hacer más bien poco para propiciar la participación fuera de los cauces institucionalizados (fundamentalmente los partidos políticos), a
nadie puede extrañar que un alcalde de un pueblo pequeño pueda ver en la asociación la creación de un contrapoder incómodo más que un estimulante benefactor.
     Esto ocurre, y es una verdadera lástima que así sea, porque las asociaciones -en muchos casos- aportan la agilidad y la frescura que demanda nuestra comunidad rural, y podrían servir de mimbre para algo de lo que Guadalajara siempre ha carecido: una sociedad vertebrada y despierta en la defensa de sus intereses y en la promoción de iniciativas colectivas.
     Dejemos, para finalizar, una última reflexión. Un alcalde inteligente no debería ver a una asociación como una suplantadora de su poder, sino como una eficaz colaboradora en la movilización de la pequeña sociedad que se reproduce los veranos y fines de semana. Una asociación inteligente, no debería caer nunca en suplantar el poder de derecho, que es el ayuntamiento, aunque este pueda estar afectado de artrosis provocada por el conformismo y la falta de recursos. De lo que se trata es de servir de alicate y de lanzadera, actuando con mano izquierda para que la vitalidad y la iniciativa del que vive en un medio urbano no choque frontalmente contra el ritmo prudente que caracteriza a nuestro medio rural.
     Si cada uno sabe estar en su sitio, y no se dedican a buscarle tres pies al gato, la colaboración entre las asociaciones y los ayuntamientos debe ser (y ya hay casos que lo demuestran, como he tenido ocasión de comprobar) un revulsivo para la reactivación de nuestra provincia.

Santiago Barra

 


© 2004-2005 A.E.P.D.P. Hita (Guadalajara) - Aviso Legal - Inicio
Comentarios y sugerencias: